UNA HEROÍNA VOLADORA

Cher Ami fue una paloma mensajera hembra utilizada durante la Primera Guerra Mundial gracias a la cual salvaron la vida cientos de soldados aliados.

En octubre de 1918, un grupo 554 soldados americanos pertenecientes a ocho unidades que luego recibieron el nombre de el Batallón perdido, se encontraba aislado y rodeado de alemanes en pleno frente francés, en condiciones muy preocupantes, sin alimento ni munición. Para mayor preocupación, los mismos aliados estaban bombardeando esa zona sin saber que ellos estaban allí. Después del primer día, sólo quedaban con vida 194 hombres.

El único medio de comunicación eran las palomas mensajeras, pero todas las que se enviaron fueron abatidas por los alemanes. Sólo quedaba una: Cher Ami.
Este es el mensaje que llevaba en su pata: Estamos junto a la carretera paralelo 276,4. Nuestra propia artillería está lanzando un bombardeo directamente sobre nosotros. Por el amor de Dios, deténgalo.
Los alemanes abrieron  fuego contra ella y la derribaron… Sin embargo, levantó el vuelo y logró llegar, malherida, a su palomar, situado a unos 32 kilómetros, en solo 25 minutos. Lo hacía al borde de la muerte, pero había logrado salvar a 194 hombres.Los médicos de campaña lograron evitar que muriera, y le colocaron una patita de madera.

Cher Ami fue condecorada y moriría unos siete meses después a consecuencia de las heridas de guerra.

SALVADO POR UNA BORRACHERA

Charles Joughin (1878-1956) era un inglés que había pasado toda su vida embarcado, y cuyos pasos le llevaron a ser contratado, cuando tenía 33 años de edad, como jefe de sección de la panadería del famoso RMS Titanic. Mal asunto, podríamos pensar. Sin embargo, contra todo pronóstico, Joughin sobrevivió.

En la noche del 14 de abril de 1912 el Titanic se hundía irremediablemente después de chocar contra un iceberg. A las doce y diez de la noche, media hora después del impacto, el capitán ordenó que los pasajeros se dirigieran a cubierta y subieran a los botes salvavidas, con prioridad para mujeres y niños, y mandó a la tripulación aprovisionar de comida cada una de las barcas. Joughin se dirigió a sus trece panaderos para que cumplieran las órdenes del capitán, y después bajó “a su habitación a tomar algo”, según contó en la comisión de investigación que se abrió años después del hundimiento. Joughin sabía que la tripulación no podía ingerir alcohol, pero él tenía una botella de whisky escondida y pensó que, viendo el panorama tan poco halagüeño, sería una pena desperdiciar la bebida.

A las doce y media ya se encontraba en la cubierta, donde se le asignó el bote número 10, en la parte trasera del barco. El desconcierto era inmenso y cuando Joughin se dirigía a la popa,el Titanic comenzó a inclinarse hacia babor. No obstante, y a pesar de llevar ya media botella de whisky entre pecho y espalda, logró mantener el equilibrio. El barco entonces comenzó a hundirse por la proa creando la famosa imagen que todos tenemos grabada en la retina. El panadero jefe trepó por la barandilla para quedar situado en la parte más alta del barco. Una vez allí, flemáticamente, se ajustó el salvavidas, miró su reloj (las 2:10 h) y dio otro trago de la petaca en la que había almacenado su querido whisky.

Cuando el barco se hundió, cuenta que simplemente se deslizó hacia el agua: “No creo que mi cabeza se llegara a hundir bajo el agua, la verdad”, declaró.

El agua estaba a unos dos grados bajo cero, lo que significa que en media hora la mayoría de los pasajeros que había caído al mar murieron por hipotermia. Pero Joughin, no. Comenzó a nadar sin rumbo, en medio de la noche, en busca de algún bote en el que hubiera un hueco y así se mantuvo durante dos horas y media. Por fin logró salir del agua y es entonces cuando “por fin sentí frío, después de subirme al bote salvavidas”.

A las nueve de la mañana el Carpathia llegaba a la zona y comenzaba a recoger a los supervivientes. El bote de Joughin fue el último en ser rescatado, sobre las diez menos diez de la mañana, pero había logrado sobrevivir.

Un investigador reconoció que “la bebida tuvo mucho que ver con el hecho de que salvara su vida”. Lo cierto es que el efecto vasodilatador del alcohol posiblemente le sirvió contra la hipotermia y el efecto depresivo hizo que mantuviese la calma durante toda la noche.

Una borrachera que le salvó la vida.

Joughin siguió trabajando en barcos hasta su jubilación. Murió a los 78 años, en 1956.

LAS BUENAS MUJERES NO FUMAN

El 22 de enero de 1908, una neoyorquina llamada Katie Mulcahey fue arrestada por encender un fósforo contra una pared en el distrito de Bowery y encender un cigarrillo.

El crimen de Katie fue violar la Ley Sullivan, una ley municipal patrocinada por el concejal Alderman Sullivan que prohibía a las mujeres (y sólo a las mujeres), fumar en público. Sullivan respondía así a la presión de un lobby cristiano antitabaco que relacionaba directamente el tabaco con actitudes inmorales. La Unión Cristiana de Templanza de Mujeres, que también andaban en lograr la prohibición del alcohol, emprendió una activa campaña contra las mujeres que fumaban. Aquello se materializó en la Ley Sullivan, lo que significaba para ellas un gran éxito.

Katie Mulcahey fue arrestada el día después de que fuera aprobada. Cuando se encontraba ante el juez (hombre, por supuesto) exclamó: «Tengo tanto derecho a fumar como usted” y alegó que no conocía esa ley y que no quería saber nada de ella. “Ningún hombre me dictará nada”, sentenció. Mulcahey fue condenada a pagar una multa de cinco dólares.
La ley Sullivan fue vetada por el alcalde de la ciudad dos semanas después, pero el caso de Mulcahey se consideró un hito importante en la lucha por los derechos de las mujeres.

UN ASESINO EN SERIE EN PLENA GUERRA

El francés Marcel Petiot (1897-1946) ya apuntaba maneras torcidas desde su juventud, con diversos problemas mentales diagnosticados desde los diecisiete años y un largo expediente de expulsiones escolares. Después, como voluntario durante la Primera Guerra Mundial, fue herido y su colapso mental se hizo más evidente. Se abrió entonces una etapa de robos, adicción a la morfina, encarcelamiento, reclusión en psiquiátricos… Curiosamente, tras la guerra ingresó en un programa de educación para veteranos y se sacó el título de médico en ocho meses, y empezó a trabajar en un hospital, donde pronto destacó por sus prácticas poco éticas, como el tráfico de narcóticos, práctica de abortos ilegales y robos.

Es posible que durante esa época, en 1926, cometiera su primer crimen, la hija de uno de sus pacientes, con la que había mantenido una relación. Sin embargo, la policía determinó que la mujer, Louise Delaveau, simplemente había desaparecido.

Vivía en la localidad de Villeneuve-sur-Yonne, en la región de Borgoña, a unos 140 kilómetros de París y ese mismo año de la “desaparición” de la joven, Petiot decidió presentarse a las elecciones municipales. ¡Y las ganó! Pronto, como era de esperar, saltaron las denuncias por malversación y corrupción generalizada. En 1927 contrajo matrimonio con la joven hija de un rico hacendado.

Expulsado de la política, se trasladó a vivir a París, donde abrió una consulta médica en la que se practicaban abortos ilegales y se comerciaba con estupefacientes. Además evadía impuestos y llegó a ser internado por cleptomanía durante una temporada. Pero las peores hazañas de este enfermo mental estaban por llegar.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes invadieron Francia, y Petiot vio una excelente oportunidad de negocio. Bajo el seudónimo de doctor Eugène, y haciéndose pasar por un colaborador de la resistencia, ofrecía los medios adecuados para huir de forma segura de Francia. Entre sus clientes había sobre todo judíos, pero también militantes de la resistencia francesa o simples criminales comunes. Su oferta era enviarles a Argentina o a otros lugares de Sudamérica, vía Portugal, por el módico precio de 25000 francos.

Patiot tenía tres esbirros que se encargaban de organizar el transporte de los viajeros hasta su casa. Una vez allí, se les indicaba que el gobierno argentino exigía que los refugiados fueran vacunados antes de viajar, para evitar epidemias, y el doctor Eugène le inoculaba entonces… cianuro.

Al principio tiraba los cuerpos al Sena, pues en época de guerra, parecía que nadie daría mucha importancia a una cadáver más o menos, pero más tarde decidió que la cal viva o la incineración eran más seguras. Hubo de comprar una casa donde poder ejecutar sus crímenes con mayor discreción y comodidad y la dotó de una cámara de gas y un pozo de cal viva.

La Gestapo lo descubrió todo en abril de 1943, pero los alemanes simplemente pensaron que estaban ayudando a huir a judíos. Tras ser torturados, quedó avalado que no tenían relación alguna con la resistencia.

En cualquier caso, en marzo de 1944 el negocio estaba otra vez a pleno rendimiento, hasta el punto de que se registraron algunas denuncias ante la policía de vecinos que no podían soportar el humo pegajoso y el olor insoportable que salía de la casa del médico. Un día, en que las llamas sobresalían por la chimenea, mientras incineraba cadáveres, hubieron de acudir los bomberos, y cuando entraron la sorpresa fue mayúscula: encontraron restos humanos correspondientes a unas veinticuatro personas. Todo parecía acabado para el médico asesino, pero, como si fuera cosa de locos, el doctor convenció a la policía de que los cuerpos en realidad pertenecían a colaboradores de los nazis a los que había asesinado la Resistencia, que le había encargado hacer desaparecer. La policía, lejos de investigar el asunto con mayor profundidad, le felicitó por el acto patriótico. Cuando finalmente se dignaron a profundizar en la cuestión, Petiot había huído. En el registro se encontraron macabros hallazgos que incluía cadáveres estazados, un pozo de cal viva repleto de cuerpos desintegrándose, la cámara de gas, 150 kilos de tejido corporal humano calcinado, la chimenea fúnebre…

Después, Petiot fue detenido y juzgado en un surrealista proceso que él nunca se tomó en serio. Se le consideró culpable del asesinato de veinticuatro judíos con el agravante de robo, aunque se estima que sus víctimas superaron las sesenta.

El 25 de mayo de 1946 fue guillotinado. Sus últimas palabras fueron: “Caballeros, les ruego que no miren. No va a ser bonito”.

LA MUERTE MÁS DULCE

El 15 de enero de 1919 en el barrio de North End de Boston (Estados Unidos) sucedió un catastrófico y singular acontecimiento, cuando un tanque que almacenaba gran cantidad de melaza para la fabricación de ron se rompió.

En la destilería Purity Distilling Company había un enorme tanque de 17 metros de altura y un diámetro de 27 metros que contenía en ese momento unos 9 millones de litros de melaza. La melaza es una sustancia espesa, dulce y de color oscuro que queda como residuo de la cristalización del azúcar de caña, y se usaba entonces como edulcorante alimentario, para la destilación de alcohol (al día siguiente se iba a firmar oficialmente la prohibición de venta de bebidas alcohólicas) o para la fabricación de munición armamentística. Aquel mes de enero fue especialmente cálido en Boston, lo que provocó que, a causa del repentino cambio de temperatura de la noche a la mañana, los remaches del tanque se rompieran, provocando un pegajoso tsunami de melaza por todo el barrio.

La ola alcanzó en algunos puntos los cuatro metros de altura, y se desplazaba a unos vertiginosos 56 kilómetros por hora. Los daños en algunos edificios provocados por la ola fueron importantes y cuando la melaza se detuvo, el barrio estaba cubierto por una pegajosa capa de más de medio metro de grosor.

Alrededor de 150 personas resultaron heridas y 21 fallecieron ahogadas. Contaban los testigos que los heridos que llegaban al hospital parecían “manzanas de toffee”.

Décadas después, los vecinos seguían asegurando que en los días cálidos todavía se podía sentir claramente un intenso olor a melaza.

RÉCORD GUINNESS A LA SUPERVIVENCIA

Fidel Castro (1925-2016), el célebre dirigente cubano, ostenta un curioso récord: ha sido la persona que más intentos de asesinato ha sufrido, concretamente 638, según el servicio de inteligencia cubano. De todos aquellos intentos, más de cien se llevaron a cabo de forma fehaciente, y la mayor parte fueron organizados por la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos, la famosa CIA.

Se intentó acabar con el presidente de Cuba de las más extravagantes maneras, como aquella en que Margarita Lorenz, una de las “novias” de Castro fue sobornada por la CIA para que le envenenase con unas cápsulas. Lorenz consiguió incluso introducir el veneno en el dormitorio de Castro, pero ante la posibilidad de que lo encontrase, escondió las cápsulas en su crema hidratante y éstas se disolvieron. En otra ocasión, en 1975, desde el senado de Estados Unidos se diseñó un traje de neopreno forrado con bacterias y esporas que pensaban regalar a Fidel Castro tras la negociación de la liberación de los prisioneros de bahía Cochinos, y provocarle una grave enfermedad. El abogado que debía “regalárselo”, finalmente se echó atrás.

La CIA también intentó matarlo con una pluma estilográfica dotada de una finísima aguja hipodérmica que le inyectaría un potente veneno cuando alguien chocase “accidentalmente” contra él, o con un puro explosivo que haría volar su cabeza por los aires y que debía ejecutarse durante la visita de Fidel Castro a las Naciones Unidas, en 1960. Y lo volvieron a intentar con un puro envenenado, conocedores de la afición del presidente al tabaco.

A Castro también le gustaba bucear, así que a la CIA se le ocurrió colocar una bomba en una concha de caracol de una inusual belleza y dispuesta en una zona frecuentada por él.

Estos planes rozan lo delirante, pero los agentes americanos fueron más allá. Según un informe del Comité de Inteligencia del Senado de 1975, se creía que el poder de Castro estaba en su barba y que, si la perdía, aparecería ante su pueblo como un hombre débil y no como el líder todopoderoso, así que intentaron poner sal de talio, un producto que se usa en depilación, en uno de sus puros o en sus zapatos. También se planeó gasear la emisora de radio desde la que Fidel iba a transmitir en directo con una sustancia parecida al LSD, para que el dignatario comenzara a delirar y que su pueblo creyera que había perdido el juicio. En otra ocasión, intentaron hacerle llegar una pañuelo repleto de bacterias o un batido envenenado en 1963. En este caso la cápsula que contenía el veneno se quedó pegada, por efecto del frío, a la superficie de la nevera del hotel Hilton de La Habana. Cuando el asesino intentó cogerla, se rompió y se desperdició todo el veneno.

Acabamos con un plan que no se llegó a llevar a cabo pero que por su extravagancia merece ser referido: proyección de imágenes holográficas de la Virgen María para inspirar a los cubanos católicos a abandonar el comunismo.

MUERTO EN EL ÚLTIMO MINUTO

La historia del soldado estadounidense Henry Gunther es digna de una tragicomedia, pues ha pasado a la Historia por ser el último soldado que murió en la Primera Guerra Mundial (1814-1918).

Gunther era de Baltimore (Estados Unidos) y a su muerte, tenía 23 años. Su unidad, la compañía A, se encontraba combatiendo en el frente de Meuse-Argone, cerca de la ciudad francesa de Verdún, ofensiva que fue la mayor y más exitosa de las lideradas por la Fuerza Expedicionaria Estadounidense, es decir el ejército americano enviado a Europa.

La compañía de Gunther llevaba prácticamente un mes en el frente, y el 11 de noviembre de 1918, intentaban desbloquear el avance ante dos nidos de ametralladoras alemanas. Por su cuenta y riesgo, y desobedeciendo a su sargento, se lanzó en solitario, con la bayoneta calada, contra el enemigo. Lo trágico del asunto es que Alemania había firmado su rendición a las cinco de la mañana de ese mismo día, y el alto el fuego entraría en vigor a las once de la mañana. Eran las 10:59 am.

Los soldados alemanes intentaron avisarle, pero él realizó un par de disparos. Sólo cuando se encontraba lo suficientemente cerca de las ametralladoras como para suponer un peligro mortal, los alemanes abrieron fuego. Fueron los últimos disparos efectuados en la Primera Guerra Mundial.

Lo más lamentable es que la entrada del armisticio fue casi un juego macabro y aleatorio (11 del mes 11 a las 11 horas), ya que en esas seis horas desde la firma oficial se produjeron multitud de bajas innecesarias, unas 11000, se estima entre muertos y heridos.

Parece ser que Gunther era un sargento degradado a soldado tras criticar abiertamente las duras condiciones de vida en las trincheras, y que quería congraciarse con los oficiales protagonizando una hazaña bélica, por eso se lanzó estúpidamente contra las ametralladoras. Un minuto más, y hubiera regresado sano y salvo a Baltimore. Póstumamente, se le devolvió la condición de sargento.

 

¿DERROTADOS POR EL FRÍO?

Tradicionalmente se ha sostenido en la historiografía occidental que la invasión de la Unión Soviética por las fuerzas de la Alemania nazi en 1941, en el marco de la Segunda Guerra Mundial, fracasó por las bajas temperaturas.

Sin embargo, algunos historiadores opinan que, efectivamente, las bajas temperaturas de Rusia jugaron un papel importante, pero que han sido sobreestimadas. De hecho, los datos meteorológicos desmienten un tanto esta idea generalizada.

Es cierto que durante los días 5 y 6 de diciembre de 1941 las temperaturas eran inusualmente bajas, rondando los 35º bajo cero, sin embargo, ello no fue impedimento para que el 9º Ejército alemán contraatacara en Kalinin con el apoyo de varios cuerpos de tanques y rechazaran al 31º Ejército soviético, que fue duramente derrotado y hubo de retirarse. El comandante militar soviético al mando, el aclamado Zhujov, admitió que en esos primeros días el ejército ruso falló.

Sin embargo, a partir del día 8 de diciembre el clima cambió inesperadamente y se alcanzaron agradables temperaturas invernales de cuatro grados positivos. Curiosamente, fue a partir de entonces cuando las tropas rusas lograron importantes avances ante la desesperación de los oficiales alemanes, que se sentían incapaces de detenerlos.
El 9 de diciembre, con temperaturas que oscilaron entre 5 bajo cero y 0 grados centígrados, nada exagerado si observamos los inviernos rusos, los alemanes solicitaban desesperadamente más tropas, incapaces de defenderse del enemigo. En los días siguientes, los nazis habían retrocedido 40 kilómetros.

Los comunicados que llegaban desde el frente ruso indican que los alemanes no esperaban una reacción tan violenta y extremadamente motivada de un ejército que ellos creían al borde del colapso, no se quejan de las bajas temperaturas, sino de la falta de soldados. La retirada fue dramática, y la tropa cayó en una especie de psicosis colectiva llevada por el pánico.

Fue, entonces, la falta de confianza en los mandos, más que los fresquitos inviernos rusos, lo que hizo fracasar la invasión alemana de la URSS.

 

EL HELADO EN UN CONO

A fines del siglo XIX el helado ya era lo suficientemente barato en algunos países occidentales como para que mucha más gente se lo pudiera permitir. Se solía servir en recipientes de papel, cristal o metal. El cliente luego devolvía el recipiente, pero, claro, muchos se marchaban con él o, los más frágiles, acababan rotos.

En Estados Unidos, durante la Feria Mundial de 1904 en San Luis (Misuri), había más de cincuenta vendedores de helados y doce puestos de gofres. Hacía calor, y el helado se vendía bien, tanto que un vendedor, Arnold Fornachou, se quedó sin vasos de papel. El hombre que tenía el puesto junto al suyo, un sirio llamado Ernest Hamwi, no tuvo otra ocurrencia que enrollar uno de los gofres dándole una forma cónica y sugirió a Fornachou que sirviera su helado encima.

Habían nacido los conos de helado.

LA SORPRENDENTE NOVIA CADÁVER

Corría el año 1921 y en la ciudad de Chicago (Estados Unidos), la joven de 29 años y ascendencia italiana Julia Buccola Petta fallecía al dar a luz a su primer hijo. Ser madre había sido el mayor deseo de la mujer, pero trágicamente murieron ambos. Ella fue enterrada con su traje de novia, cuestión ésta algo siniestra, pero muy común en aquellos años.
Filomena, su madre, se sentía desolada y comenzó a tener sueños recurrentes tiempo después, cuando vivía en Los Ángeles, en los que se le representaba su hija suplicándole que la desenterrara. La mujer comenzó a creer fervientemente que su hija había sido sepultada viva y, en su desesperación, solicitó legalmente poder ver su cadáver y confirmar que realmente estaba muerta.Hasta seis años después del deceso no consiguió los permisos pertinentes. En 1927 el ataúd de Julia fue abierto y lo que se encontraron fue absolutamente sorprendente.

El cuerpo de la joven estaba prácticamente intacto, solo el envejecimiento de su traje de novia y los daños en el ataúd evidenciaba el paso del tiempo. Quizás el tipo de suelo o los procesos de embalsamamiento procuraron el milagro, en cualquier caso, los familiares tomaron una fotografía de la joven, en la que se podía contemplar a una joven atractiva que parecía dormida mientras sostenía en brazos a su bebé.

Sobre la tumba se erigió una estatua de la novia y pronto comenzaron, naturalmente, a surgir toda clase de leyendas en torno a ella, desde que se podía sentir un inesperado aroma a rosas junto a la sepultura, hasta apariciones de su triste fantasma.

Su tumba aún se conserva en el cementerio Mount Carmel de Chicago.

Curiosidades de la Historia