UN ETERNO CORTEJO FÚNEBRE

Cuando en 1504 murió Isabel I de Castilla, conocida como la Católica, se abrió el camino a un gobierno sobre el reino compartido por el viudo rey de Aragón, Fernando, su hija Juana, verdadera reina de Castilla, y su esposo Felipe I, llamado el Hermoso, quien debía de ser tan guapo como ambicioso y mujeriego.

Juana adoraba a su marido, a pesar de los conocidos y notorio amoríos cortesanos, y sufría por ello arrebatos de celos. En cualquier caso, el matrimonio no pudo gozar del trono, pues al poco de llegar a España, Felipe murió repentinamente, dicen unos que por un enfriamiento, dicen que envenenado otros. Tenía 28 años.

La cuestión es que la joven viuda sufrió terriblemente la pérdida y comenzaron a correr rumores sobre la supuesta locura de la reina. Y no era para menos, pues, muerto y enterrado Felipe en la ciudad de Burgos, Juana decidió que su sitio de eterno descanso debía estar en Granada, a casi 700 kilómetros de allí. El corazón, según las últimas voluntades de Felipe se había enviado a Brujas (actual Bélgica), pues Felipe no era castellano de nacimiento, sino flamenco, y a Juana le obsesionaba que sus súbditos extranjeros pudieran hacer lo mismo con el resto del cuerpo.

Pues bien, ni corta ni perezosa, la reina mandó desenterrar el cadáver de su esposo e inició un largo y triste viaje hacia el sur de España, viajando sólo de noche y rodeada de un numeroso séquito de aristócratas y religiosos. Sin embargo, no llegó muy lejos. El rey Fernando de Aragón, su padre, no veía con buenos ojos que Felipe fuera enterrado en Granada e impidió el avance de su hija. Durante los ocho largos meses que duró el cortejo fúnebre por tierras castellanas, Juana no se separó nunca del féretro, y de tanto en tanto ordenaba abrir el ataúd para contemplar a su amado. Claro, las gentes que veían todo esto empezaron realmente a creer en la locura de la reina. Cuentan que Juana se llegó a negar a entrar en un convento femenino de monjas de clausura, por celos a que otras mujeres estuvieran cerca de su marido, por más que este llevase seis meses muerto.

Finalmente, el cortejo se instaló en un pequeño pueblo llamado Torquemada (Palencia), en donde ni siquiera había casas apropiadas para alojar al cortejo. El cuerpo de Felipe fue trasladado a la iglesia, donde cada día se celebraban funerales como si acabase de morir. La reina se gastó una barbaridad en velas, y debía haber tantas y luciendo de forma tan continuada, que la iglesia acabó incendiándose. Se trasladaron luego a Hornillos de Cerrato, muy cerca de allí, y la iglesia volvió a acabar envuelta en llamas. De allí a Burgos y después a Tordesillas.

Hasta 1509, casi dos años y medio después de la muerte de Felipe, el cortejo no se detuvo definitivamente, cuando el padre de Juana, Fernando el Católico, la recluyó en Tordesillas. El cuerpo del pobre Felipe aún tardaría quince años en llegar a la catedral de Granada, donde aún descansa en compañía de la reina Juana, que aún muchos conocen, de forma injusta, como Juana la Loca.

MUERTE DEL REY, SEGÚN SU MÉDICO

El doctor Parra, médico de la casa real castellana, escribía en 1506 desde Valladolid a Fernando el Católico, rey de Aragón, para comunicarle la muerte en Burgos de su yerno, Felipe I, más conocido como Felipe el Hermoso, a los 28 años de edad:

El rey don Felipe que haya gloria había jugado muy reciamente a la pelota en lugar frío dos o tres horas antes que enfermase y dejose resfriar sin cubrirse. Jueves a 17 de septiembre (1506) se levantó el rey mal dispuesto: creese que con calentura, y esta nunca se le quitó hasta que murió. Este día jueves no dijo nada a los físico, y comió como solía otros días de caza, y anduvo a caza todo el día […].

Domingo mañana estábase con la calentura y con sentimiento en el costado, y escupía sangre. Sangrarónlo de la parte contraria, y luego se le fue aliviando el dolor hasta quedar esa tarde sin él del todo, y con su calentura algo floja hasta las dos de la tarde que le tornó el frío, y sobre él se arreció la calentura […].

El lunes de mañana que era el quinto, amaneció con su calentura y con la campanilla tan engrosada y hinchada y relajada, y algo también la lengua y paladares, que apenas podía tragar la saliva ni hablar […].

[El miércoles] vino un sudor en todo el cuerpo, caliente y harto copioso. Sudaría seis horas o casi, cuando con flaqueza de virtud y turbados los sentidos todos, y la lengua y habla, que de allí adelante apenas se le entendió cosa que hablase; y siempre estuvo alienado y con sueño, que con mucha pena le despertaban, y nunca bien despierto […].

[Jueves] No quise votar en que le hiciese cosa recia porque de cierto no se podía esperar otra cosa sino abreviarle la vida.

El viernes 25 de septiembre de 1506, sobre las dos de la madrugada, moría el rey Felipe I. Y concluye el médico:

Vi a la reina [Juana] mi señora estar allí de continuo, mandando lo que se hiciese y haciéndolo, y hablando al rey y a nosotros, y tratando al rey con el mejor semblante y tiento y aire y gracia, que en mi vida vi mujer de ningún estado.

COSTUMBRES LUSITANAS

Entre las costumbres más curiosas que relató el geógrafo griego Estrabón a comienzos del siglo I sobre los lusitanos, nos encontramos las siguientes:

«En lugar de monedas usan objetos de cambio o rudas piezas de plata».

«Los condenados a muerte son despeñados de lo alto de las rocas, y al parricida lo apedrean».

«A los enfermos los colocan junto a un camino, por si pasa alguien que entienda la enfermedad».

«Su sal es roja, pero se vuelve blanca triturándola».

EL PRIMER BIKINI EN ESPAÑA

Sucedió en el verano de 1948 en Santander. Se trataba de una estudiante francesa de los cursos de español de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y esa fotografía se considera que es la imagen más antigua de una mujer en bikini en España. El franquismo pronto lo prohibió por influjo del Vaticano, que la consideraba una prenda pecaminosa, sin embargo, y a pesar de las restricciones, años después el bikini se podía ver de forma habitual en las turísticas playas de Benidorm y Marbella.

UN REY CONSERVACIONISTA

La magnificencia de la mezquita de Córdoba, comenzada a edificar a finales del siglo VIII, dejó boquiabiertos a los cristianos cuando conquistaron la ciudad. Así, cuando las tropas de Fernando III de León y Castilla (1199-1252) entraron en Córdoba, al rey no se le ocurrió otra cosa que transformar el templo en catedral para garantizar su conservación. Pero parte de la élite eclesiástica nunca vio aquellos miramientos con buenos ojos, y por eso, cuando a comienzos del siglo XVI, se proyectó un coro en el interior de la mezquita, se montó un buen jaleo que llegó a oídos del propio rey, Carlos I. En 1525, el rey y emperador visitó por primera vez la ciudad y cuando vio el famoso coro del que los eclesiásticos presumían clamó:

«Habéis construido aquí lo que vosotros o cualesquiera otros podrían haber construido en cualquier parte: con ello habéis destruido algo que era único en el mundo».

El concejo de Córdoba desde entonces y para preservar el edificio ordenó «que persona alguna no sean osados de tocar en la dicha obra, ni deshazer, ni labrar cosa alguna della fasta tanto que por Su Majestad sea mandado». Y si alguien lo contravenía se arriesgaba a la pena de muerte y a la pérdida de todos sus bienes.

UN PUEBLO DE ALMERÍA CONTRA FRANCIA

En 1871 acabó una guerra entre Francia y Prusia que ganó este último estado y que tuvo como principal consecuencia la culminación de la unificación alemana. Habían muerto 140000 franceses y el país entero se sentía muy dolido por la derrota, así que cuando el rey español Alfonso XII apareció en Francia, doce años después de la guerra, vestido con un uniforme prusiano, aquello, definitivamente, no gustó demasiado.

En septiembre de 1883 Alfonso estaba viajando por algunos países europeos, y en Berlín no pudo ocultar ante Bismarck su admiración por Prusia. Los germanos se lo agradecieron regalándole un uniforme de una guarnición de Alsacia, región que, para colmo, reclamaba Francia como propia. Cuando el monarca se presentó así vestido en París, los franceses se lo tomaron a mal y le recibieron con insultos y hasta alguna pedrada.

Desde España, el incidente se vio a su vez como una afrenta nacional y hubo quien se lo tomó a la tremenda, como el ayuntamiento de Líjar (Almería), que decidió declarar formalmente la guerra a Francia.  “Hay todavía vergüenza y valor para hacer desaparecer del mapa de los continentes a la cobarde nación francesa” decía el bando municipal.
La guerra fue incruenta, evidentemente, pero lo curioso es que hasta 1983, cien años después de la declaración de guerra, no se firmaría la paz. Al acto en Líjar asistieron el cónsul y vicecónsul de Francia en Málaga y Almería.

SACRIFICIOS HUMANOS EN IBERIA

Estrabón (hacia 63 antes de Cristo- hacia 24 después de Cristo) fue un geógrafo griego que escribió una magna obra titulada Geografía, en cuyo volumen III se ocupa de Iberia. En ella nos relata algunas costumbres curiosas de unos de sus pueblos, los lusitanos, que afectaban a sus desgraciados prisioneros:

«Los lusitanos son sacrificadores fervientes, y examinan las entrañas de las víctimas inmoladas, pero no las cortan; también examinan y tientan las venas de los costados. Tal adivinación visceral la practicaban asimismo en los prisioneros, y para ello los envuelven en capas; si entonces dan en las entrañas de la víctima, por la caída de ésta, efectúan el presagio. También cortan las manos a los prisioneros y cuelgan la derecha».

Igualmente, entre los lusitanos existían los sacrificios humanos: «A su dios de la guerra le sacrifican un macho cabrío y los prisioneros con sus caballos. Organizan sacrificios en masa de toda especie, como los griegos».

IBERIA VISTA POR UN GRIEGO HACE 2000 AÑOS

El geografo griego Estrabón hizo una descripción de la península ibérica en los primeros años del siglo I, considerada el punto más occidental de la Tierra, y en donde por primera vez se compara la forma de la Península con una piel extendida al sol para secarse.

«Iberia es poco habitable, pues casi toda se halla cubierta de montes, bosques y llanuras de suelo pobre y desigualmente regado. La región septentrional es muy fría por ser accidentada en extremo, y por estar al lado del mar se halla privada de relaciones y comunicaciones con las demás tierras, de manera que es muy poco hospitalaria. Así es el carácter de esta región. La meridional casi toda ella es fértil, principalmente la de fuera de las Stélai (estrecho de Gibraltar)».

«Se parece Iberia a una piel tendida», dejó escrito Estrabón, lo que se considera la primera referencia a la reiterada “piel de toro” con la que nos solemos referir a la península ibérica en general y a España en particular. Sin embargo, dadas las imprecisiones cartográficas de esa época, en realidad y por mucho que se repita, la península ibérica no se parece a una piel secándose al sol.

LA PRIMERA POLICÍA DE EUROPA

En la Edad Media existían en los diferentes reinos españoles grupos de gentes armadas que se llamaban hermandades y cuyo objetivo era, básicamente, perseguir a los malhechores. La primera hermandad documentada surgió en el siglo XI en los Montes de Toledo, para perseguir a los golfines que merodeaban por aquellas tierras. Todos los reinos cristianos españoles tenían instaurados grupos de este tipo, sin embargo, a lo largo del siglo XIV, muchas de estas hermandades comenzaron a fusionarse con las de territorios circundantes, y en 1476, definitivamente, Isabel I de Castilla aprobó el Ordenamiento de Madrigal, por el que se unían todas las hermandades castellanas en una nueva entidad: la Santa Hermandad.

La Santa Hermandad tenía el objetivo de proteger los caminos y perseguir a salteadores, y juzgar y castigar inmediatamente delitos cometidos a cielo abierto. Los 2000 cuadrilleros o mangas verdes de la primera época eran sostenidos económicamente por los concejos. Esta especie de policía rural es considerada por muchos el primer cuerpo de policía de Europa.

El mismo don Quijote se las hubo de ver con ellos:

Venid acá, ladrones en cuadrilla, que no cuadrilleros, salteadores de caminos con licencia de la Santa Hermandad, decidme: ¿quién fue el ignorante que firmó mandamiento de prisión contra un tal caballero como yo soy?

 

LAS CUENTAS DEL GRAN CAPITÁN

Esta frase popular se refiere, según la Academia Española, a esas cuentan exorbitantes y arbitrarias, poco pormenorizadas, y parece que hunde sus orígenes cuando Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán (1453-1515), tras la conquista del reino de Nápoles hubo de presentar la relación de gastos y su justificación a petición de Fernando el Católico. Lo hizo de mala gana, habida cuenta del esfuerzo bélico de sus soldados y las malas formas en que el rey lo solicitó. Una de las versiones de las cuentas que presentó y que más circula es esta:

 

200.736 ducados y nueve reales en frailes, monjas y pobres para que rogasen a Dios por la prosperidad de las armas españolas. Cien millones en palas, picos y azadones para enterrar a los muertos del adversario. Cien mil ducados en guantes perfumados para preservar a las tropas del mal olor de los cadáveres de sus enemigos tendidos en el campo de batalla. 160.000 ducados en poner y renovar campanas destruidas por el uso continuo de repicar todos los días por nuevas victorias conseguidas sobre el enemigo. Cien millones por mi paciencia en escuchar ayer que el Rey pedía cuentas al que le había regalado un reino.

Probablemente sea una anécdota falsa, pero no deja de ser ingeniosa.

Curiosidades de la Historia