UN REY HACIENDO CAMPING

En 1755 el conocido como Terremoto de Lisboa destruyó prácticamente la capital portuguesa. Reinaba por entonces José I (1714-1777) con la asistencia de su primer ministro, el marqués de Pombal, que intentó, bajo el espíritu de la Ilustración, la modernización profunda del país.

Tras el terremoto y tsunami, en los que murieron en la ciudad alrededor de 100 000 personas,el Palacio Real o Palacio de Ribeira resultó destruido. Se localizaba a orillas del río Tajo, en lo que hoy es la Plaza del Comercio o Terreiro do Paço, y durante más de doscientos años había sido la residencia de la familia real. El rey, terriblemente impresionado por lo sucedido, desarrolló una fuerte claustrofobia, un incontrolable pánico a permanecer en lugares cerrados.

La fobia del rey a vivir bajo techo, que le acompañó hasta su muerte, hizo que la corte se trasladara al barrio de Ajuda y que se desplegará un inmenso campamento de pabellones y tiendas de campaña que se mantuvo hasta la muerte del rey, cuando su hija comenzó la construcción del impresionante palacio de Ajuda en el mismo solar.

Así que, durante casi veinte años, el palacio real portugués fue, en rigor, un campamento, en cuyo centro se levantaba una barraca de madera que hacía de dependencia del rey.

La barraca fue conservada tras la muerte de José I, pero un incendio en 1794 la destruyó por completo.

EL REY ALQUIMISTA

Rodolfo II (1552-1612) era el emperador del poderoso Sacro Imperio Romano Germánico, archiduque de Austria, rey de Hungría y rey de Bohemia, y ha pasado a la historia por sus excentricidades.

Criado en España, bajo la tutela de su tío el rey Felipe II, quien pretendía, así, alejarle de las influencias protestantes, como buen Habsburgo, se mantuvo fiel al catolicismo. Además, Rodolfo fue un auténtico mecenas renacentista, más interesado en las artes y las ciencias, que en reinar.

Rodolfo sufría de depresiones y era de carácter excéntrico, lo que unido a los problemas del reino con sus súbditos protestantes alemanes, las revueltas en Hungría y la amenaza del imperio turco, le hizo acercarse de forma peligrosa a las ciencias ocultas, que había conocido de la mano de su tío.

Trasladó la corte desde Viena al castillo de Praga, donde pasaba largas temporadas sin querer ver a nadie. Sentía especial interés por la astrología, por la magia, por los autómatas, por la relojería o por la alquimia, y, en realidad, por cualquier disciplina científica. En su corte recibió a algunos de los principales alquimistas de Europa, hasta doscientos, dicen los cronistas, entre los que, no podía ser de otra forma, había muchos embaucadores. Su hombre de confianza, Tycho Brahe, astrólogo y astrónomo por igual, vaticinó que un hijo legítimo mataría al rey en el futuro, por lo que el rey permaneció soltero. Eso sí, tuvo cinco hijos con su favorita, pero como no eran legítimos, no había peligro de que la profecía se cumpliese.

Hasta el Vaticano se preocupó por la salud mental del rey, pero los enviados del papa ni siquiera fueron recibidos, e informaron que el monarca estaba rodeado de una siniestra corte de astrólogos, espiritistas, videntes, magos y alquimistas, y que Rodolfo estaba, definitivamente endemoniado. No sabemos si tanto como endemoniado, pero cosas raras sí que hacía, como cuando mandó crear un regimiento en el ejército imperial formado exclusivamente por gigantes y enanos.

Al final las arcas públicas se vaciaron peligrosamente, y el rey se sumió en alucinaciones, pánico y trastornos obsesivos, lo que finalmente hizo que el trono pasase a su hermano y él se retirase de la vida pública. Murió el 20 de enero de 1612, abandonado por todos, poco después de que lo hicieran su león y sus dos águilas negras, tal y como había vaticinado Brahe.

Entre su extraña colección, atesoraba la supuesta vara con la que Moisés separó el mar Negro o un poco de barro con el que Dios moldeó a Adán.

Por cierto, Rodolfo solía hablar el idioma que le era más natural: el castellano.

PROMETIENDO LO IMPOSIBLE

El anuncio no pasó desapercibido en Londres. A las seis y media de la tarde del 16 de enero de 1749, según un anuncio en la prensa londinense, el más asombroso de todos los magos actuaría en el Teatro Real.

En el anuncio se avanzaba que el mago realizaría asombrosas hazañas como descubrir el nombre de cada uno de los asistentes, a los que se enmascaría previamente para evitar el fraude. Pero iba más allá, pues aseguraba que el prestidigitador iba a tocar música con un simple bastón, y más aún, que era capaz de convertirse en cualquier persona, viva o muerta. El gran truco final consistiría en que el mago se metería en una botella de vino de tamaño normal.

Con esas expectativas, ¿quién se lo podía perder? A las siete de la tarde el teatro estaba repleto y en la calle se concentraba una multitud que intentaba no perderse el acontecimiento del siglo. Sin embargo, cuando la expectación estaba al máximo nivel, un responsable del teatro salió a comunicar que el mago no se había presentado y que podían recuperar el dinero de sus entradas. La noticia cayó mal, la verdad, y se produjo un tumulto cuando los espectadores se sintieron engañados.

¿Dónde estaba el asombroso mago? En ningún sitio. De hecho, ni siquiera existía. El duque de Montague acababa de ganar una apuesta a lord Chesterfield. Se había apostado a que era capaz de llenar un teatro prometiéndole al público lo imposible.

UN AUTÉNTICO VISIONARIO

John Wilkins (1614-1672) fue un auténtico adelantado a su tiempo. Era un religioso con excelentes dotes como naturalista que le llevaron a ser secretario de la Royal Society de Londres. Sus polifacéticos estudios abarcan desde la teología a la criptografía, pasando por la música o la creación de una lengua universal.

Una de sus obras se centra en la posibilidad de viajar a la Luna. Wilkins pensó en la posibilidad de que unos carros voladores llevaran a los humanos al satélite con el fin de comerciar con los habitantes de la Luna, ya que este pensador, como tantos otros, estaban convencidos de que la luna y el resto de planetas conocidos estaban habitados por personas.

Para poder llegar a la luna, según él, solo había que alcanzar una altura de 32 kilómetros y así “romper” el magnetismo que anclaba a los humanos a nuestro planeta. Una vez alcanzada esa altura, los viajeros podrían volar libremente a través del espacio.

¿Y qué pasaba con la ausencia de oxígeno? No era un problema para Wilkins, de hecho el aire ahí arriba era mucho más puro que el de la superficie; al fin y al cabo era el aire que respiraban los ángeles.

Wilkins llegó a diseñar y experimentar con algunas máquinas voladoras, pero pronto se dió cuenta de que viajar a la luna era un poco más complicado de lo que inicialmente había pensado.

EL TERREMOTO DE LISBOA

Eran las nueve y media de la mañana del 1 de noviembre del año 1755 cuando el suelo tembló con violencia en Lisboa. Era un terremoto de grandísima escala y de larga duración (entre tres y seis minutos), que tuvo su origen en el océano Atlántico, a unos 300 kilómetros de la costa portuguesa. Las consecuencias fueron catastróficas en la capital, ya que a los violentos temblores que provocaron los derrumbes de muchos edificios, se unió un gran tsunami y un incendio. Se calcula que entre 60 000 y 100 000 murieron solo en la ciudad. Lisboa, que ya había sufrido otro gran terremoto en 1531, quedó prácticamente destruida.

Se abrieron grandes grietas en el centro de la ciudad y el agua del estuario del Tajo comenzó a retroceder dejando al descubierto el lecho marino. Cuarenta minutos después llegaron las olas que alcanzaron los 20 metros de altura y que destruyeron el puerto y el centro de la ciudad. Al tiempo se generaba un incendio, dicen los testigos que por las velas que se encontraban prendidas en todas las iglesias y capillas de la ciudad en recuerdo de los difuntos, ya que era el Día de Todos los Santos. La ciudad ardió durante cinco días y se calcula que murió uno de cada tres o cuatro habitantes de la ciudad.

A las pérdidas personales se unieron los cuantiosos daños materiales, algunos irremplazables, como todos los archivos reales que documentaban las expediciones de los primeros navegantes portugueses, o los 70 000 volúmenes de la Biblioteca Nacional, donde también se perdieron obras de Tiziano, Rubens, Correggio… Fueron destruidos muchos edificios históricos como el Palacio Real, el Palacio de la Ópera (inaugurado sólo seis meses antes), muchas iglesias y monasterios… El 85% de los edificios de la ciudad desaparecieron.

Científicamente, tiene su interés, por cuanto que fue el primer terremoto de la Historia cuyos efectos fueron estudiados masivamente y sentaron las bases de la sismografía moderna.

LA SISA

La sisa era un impuesto de origen medieval, surgido en el siglo XIII, que consistía en descontar en el momento de la compra de cualquier producto un octavo del mismo, que iba directamente a la hacienda pública para costear alguna necesidad imperiosa o urgente que existiese. Un habitante del Aragón o la Castilla medievales compraba, por ejemplo una cántara de vino; el vendedor retiraba la octava parte y a su vez pagaba al recaudador el precio de esa parte que no entregaba al comprador.

La excepcionalidad se hizo costumbre y se convirtió en un impuesto muy habitual en los siglos siguientes, estando activo hasta 1845. La sisa se podía aplicar sobre productos de todo tipo, como el pan, el vino, ciertos tejidos, el vinagre, el carbón, la carne, el cacao, el tabaco, el pescado… En cualquier caso, era uno de los impuestos más impopulares tanto en España como en toda la América Hispana.

Algunas sisas se empleaban directamente para reparar los daños de un incendio, para reparar fortificaciones o puentes, para construir conducciones de agua, para reparar carreteras, para hacer frente a epidemias, para costear guerras, etc, aunque a veces la “urgencia” era más superflua: arreglar un cuarto del palacio real o costear las fiestas de casamiento de alguna infanta. Por ejemplo, en 1618 se impuso la sisa sobre el vino en Madrid para construir la plaza Mayor.

EL MITO DE LA INDEPENDENCIA

La guerra revolucionaria o de independencia americana (1775–1783) comenzó cuando representantes de trece colonias británicas en Norteamérica buscaron mayor autonomía dentro del imperio británico. Tradicionalmente se ha mostrado una visión de la guerra de Independencia norteamericana un tanto sesgada, fruto de la creación de una mitología nacional. La realidad es que no lucharon colonos fervientes defensores de la libertad contra crueles tropas británicas, de hecho, en muchas de las batallas había colonos en ambos bandos, incluso al final de la guerra, unos 100 000 colonos abandonaron los Estados Unidos para ir a Canadá, que seguía siendo colonia británica.

Por otro lado, para los colonos existía un enemigo más cruel que los soldados británicos, y eran los mercenarios alemanes (la leyenda de Sleepy Hollow y el famoso jinete sin cabeza está basada en uno de ellos), e, igualmente, los colonos nunca hubieran vencido sin el dinero, los barcos, las armas y los soldados franceses (en la batalla de Yorktown había tantos franceses como colonos luchando).

El resto es fruto de la literatura patriótica para generar unos orígenes del país más heroicos de lo que realmente fueron.

LA REINA QUE ERA UN HOMBRE

Elizabeth I de Inglaterra, conocida como la Reina Virgen, nunca tomó matrimonio, hasta el punto de que con ella concluyó la dinastía Tudor. Las habladurías sobre la resistencia de la reina a casarse estaban extendidas por todo el reino y había para todos los gustos, como aquella que aseguraba que tenía una enfermedad femenina que le impedía concebir. Sin embargo, una de las más interesantes era la que aseguraba que en realidad era un hombre.

Según esta teoría poco probable, la verdadera Isabel murió de niña y fue reemplazada por la única persona pelirroja que encontraron: un chiquillo que pasó el resto de su vida vestido de mujer.

¿TE VIENES A UNA ORGÍA?

Cuentan que en cierta ocasión el famoso escritor ilustrado francés Voltaire (1694-1778) fue invitado a participar en una orgía en París. Curioso por naturaleza, y habida cuenta de que nunca había disfrutado de semejante actividad, decidió asistir. Al día siguiente comentó a sus amigos que la experiencia había sido muy enriquecedora, ante lo que se le volvió a citar a una nueva bacanal esa misma noche. «Mis buenos amigos, una vez es filosofía, dos veces es perversión», dicen que respondió al declinar la invitación.

UN REY CONSERVACIONISTA

La magnificencia de la mezquita de Córdoba, comenzada a edificar a finales del siglo VIII, dejó boquiabiertos a los cristianos cuando conquistaron la ciudad. Así, cuando las tropas de Fernando III de León y Castilla (1199-1252) entraron en Córdoba, al rey no se le ocurrió otra cosa que transformar el templo en catedral para garantizar su conservación. Pero parte de la élite eclesiástica nunca vio aquellos miramientos con buenos ojos, y por eso, cuando a comienzos del siglo XVI, se proyectó un coro en el interior de la mezquita, se montó un buen jaleo que llegó a oídos del propio rey, Carlos I. En 1525, el rey y emperador visitó por primera vez la ciudad y cuando vio el famoso coro del que los eclesiásticos presumían clamó:

«Habéis construido aquí lo que vosotros o cualesquiera otros podrían haber construido en cualquier parte: con ello habéis destruido algo que era único en el mundo».

El concejo de Córdoba desde entonces y para preservar el edificio ordenó «que persona alguna no sean osados de tocar en la dicha obra, ni deshazer, ni labrar cosa alguna della fasta tanto que por Su Majestad sea mandado». Y si alguien lo contravenía se arriesgaba a la pena de muerte y a la pérdida de todos sus bienes.

Curiosidades de la Historia