IMPUESTOS PARA TODOS LOS GUSTOS

Durante la Edad Media en los reinos cristianos peninsulares existían impuestos para todos los gustos que, en general, desagradaban a los contribuyentes, que eran, por cierto, todos aquellos que no tenían ningún tipo de nobleza familiar o eran eclesiásticos.

Algunos de los más curiosos son estos:

  • Los delincuentes apresados debían de pagar a sus carceleros, entendemos que para su mantenimiento, la novena.
  • Los condenados por asesinato debían pagar al alcalde el arenzazgo, dinero que iba directamente a este cargo municipal.
  • El chapin de la reina era un impuesto extraordinario para pagar los festejos de las bodas de los reyes, a las que, por supuesto, muy pocos estaban invitados.
  • La alberguería era la obligación de alojar en tu propia casa y mantenerlos a los soldados o miembros de la comitiva real.
  • También se estaba obligado a aportar, mediante los bagajes, animales de carga para los transportes.
  • Las horteras eran la obligación de proveer de manteles, cucharas y vasos a la mesa de los reyes, y si tenías la fortuna de que el rey y su séquito visitasen tu humilde villa, debías cumplir con el yantar, o lo que es lo mismo, dar de comer a toda esa gente.
  • Y claro, como los reinos cristianos españoles estaban a la gresca con los reinos musulmanes españoles, y aquello ocasionaba cuantiosos gastos, había que pagar el mantenimiento de los ballesteros y de la caballería.
  • Si el señor feudal de turno quería hacer obras en su castillo, se aplicaba la castillería, y si había que construir un nueva nueva fortaleza o unas murallas, había que contribuir acarreando piedra, salvo que pudieras pagar la excusadera, un impuesto que te libraba de tan penosas labores.
  • Si eras judío en la España medieval, lo tenías un poco más difícil, ya que sólo por el simple hecho de nacer debías pagar 15 maravedíes. Esta comunidad fue sin duda la más asfixiada por los impuestos.
  • Finalmente, si habías tenido la desgracia (o suerte, dependiendo del consorte) de quedarte viuda y decidías volver a contraer matrimonio antes de un año desde la muerte del esposo, habías de paga la boda, que ascendía a 2 maravedís, y de la que estaban exentos, por supuesto, los viudos varones.

UNA ESPADA LEGENDARIA

Roldán fue un histórico comandante de los francos que vivió en el siglo VIII, quizás sobrino de Carlomagno, y que se convirtió en un guerrero cristiano legendario en la lucha contra los musulmanes gracias a un romance medieval titulado el Cantar de Roldán (siglo XI).

Roldán tenía una espada especial, llamada Durandarte, en cuya empuñadura guardaba algunas reliquias cristianas: un diente de San Pedro, sangre de San Basilio, cabellos de San Dionisio y un fragmento del manto de María, que la dotaban de propiedades mágicas. Durante una batalla contra los vascones, en la actual frontera entre España y Francia, Roldán, sintiéndose derrotado, golpeó la espada contra una roca para romper su hoja y evitar que cayese en manos de sus enemigos. Milagrosamente, la roca se partió en dos y el arma se mantuvo intacta.

Durandarte acompañaría a Roldán hasta su muerte en la batalla de Roncesvalles (año 778), tras una emboscada de los vascones (o de una coalición en la que éstos participaban) en un paso de los Pirineos. Dice la leyenda que, antes de morir, para que Durandarte no cayera en manos indignas, Roldán la lanzó al agua, aunque en la comarca de El Bierzo (León, España), están convencidos de que la espada está en el fondo de un lago artificial de época romana, el Lago de Carucedo.

Otros mitos cuentan que tras esa batalla en la que los francos fueron derrotados, la espada fue tomada por el caballero leonés Bernardo del Carpio. Este caballero, a su muerte, fue enterrado en Peña Longa (Aguilar de Campoo, Palencia, España) junto con Durandarte. Siglos después, cuando Carlos I llegó a España desde Flandes (en la actual Bélgica), abrió la sepultura del guerrero y se llevó la espada.

Durandarte debía, en cualquier caso, ser una magnífica espada y por ello pasó al mundo de la mitología europea a través de las leyendas.

LA SISA

La sisa era un impuesto de origen medieval, surgido en el siglo XIII, que consistía en descontar en el momento de la compra de cualquier producto un octavo del mismo, que iba directamente a la hacienda pública para costear alguna necesidad imperiosa o urgente que existiese. Un habitante del Aragón o la Castilla medievales compraba, por ejemplo una cántara de vino; el vendedor retiraba la octava parte y a su vez pagaba al recaudador el precio de esa parte que no entregaba al comprador.

La excepcionalidad se hizo costumbre y se convirtió en un impuesto muy habitual en los siglos siguientes, estando activo hasta 1845. La sisa se podía aplicar sobre productos de todo tipo, como el pan, el vino, ciertos tejidos, el vinagre, el carbón, la carne, el cacao, el tabaco, el pescado… En cualquier caso, era uno de los impuestos más impopulares tanto en España como en toda la América Hispana.

Algunas sisas se empleaban directamente para reparar los daños de un incendio, para reparar fortificaciones o puentes, para construir conducciones de agua, para reparar carreteras, para hacer frente a epidemias, para costear guerras, etc, aunque a veces la “urgencia” era más superflua: arreglar un cuarto del palacio real o costear las fiestas de casamiento de alguna infanta. Por ejemplo, en 1618 se impuso la sisa sobre el vino en Madrid para construir la plaza Mayor.

DE ACEITE, NADA

Hay realmente muy pocos datos históricos que permitan reconocer que el aceite hirviendo se usaba para rechazar a los asaltantes de murallas y castillos: un posible caso de los palestinos frente a las tropas de Vespasiano (siglo I), tal vez el asedio a Orleans durante la Guerra de los Cien Años (1428-1429), en el sitio de Malta (1565) o en el sitio de Sommieres (1573), pero la realidad es que el aceite era un producto extremadamente caro y, sobre todo, raro en la mayor parte de Europa.

Era mucho más habitual lanzar desde lo alto del adarve agua hirviendo, arena caliente (que no mataba pero, al conservar el calor, dejaba durante un rato fuera de combate al guerrero con arena hirviendo dentro de sus armaduras y corazas), muchas piedras de tamaño medio, vinagre (más barato y que también se calienta rápido), brea utilizada en recipientes al modo de cócteles molotov, o incluso abrojos, unas piezas de hierro con forma estrellada que se clavaban fácilmente en los deficientes calzados de los asaltantes.

Y NOS QUEJAMOS DEL IVA…

Durante la Edad Media, los impuestos que se recaudaban en un territorio eran gestionados por el señor feudal de turno, ya fuera el rey, un conde, un obispo o el concejo de la villa. En principio, eran ellos quienes construían y mantenían las infraestructuras defensivas, los puentes, los molinos, etc., aunque los habitantes de ese territorio contribuían de diferentes maneras. En cualquier caso, toda la inversión que se realizaba revertía directamente en sus arcas, ya que el uso de esas nuevas infraestructuras conllevaba el pago de un impuesto.

Algunos de ellos eran la alfarda (pago por el uso de agua de acequias), herbaje (por el aprovechamiento de los pastos), montazgo (por el tránsito de los ganados), alhondigaje (por el depósito de mercancías), alcabala (por el comercio de mercancías), cuatropea (por la venta de ganado), banalidades (por el uso de molinos u hornos), terrazgo (por el trabajo de la tierra al propietario), portazgo (por entrar en villa o ciudad con mercancías para su venta), pontazgo (por cruzar un puente con mercancías), etc. Todos ellos eran impuestos indirectos, como el IVA actual en Europa, es decir lo pagaban todos por igual, sin discriminar su capacidad económica.

Por si fuera poco, además estaba el famoso diezmo, consistente en la entrega de la décima parte de las cosechas a la Iglesia, y otras muchas tasas.

UN VIKINGO EN EL TRONO DE INGLATERRA

En 1013 el rey danés Swein Forkbeard llegó a Inglaterra y se propuso conquistar el reino por completo. El rey lo había intentado en varias ocasiones, pero esta fue la definitiva: rápidamente fueron cayendo las principales ciudades anglosajonas, como Oxford, Bath o Winchester, hasta que, tras una feroz resistencia, Londres fue conquistada. El rey anglosajón huyó de la ciudad y Swein fue proclamado rey de Inglaterra.

Sin embargo, su reinado fue más bien breve: apenas cinco semanas después de su entronización, el rey murió. Sin embargo, y a pesar de la inestabilidad, la influencia vikinga se mantuvo en el trono hasta 1066.

Es decir, durante unos 50 años, Inglaterra tuvo un rey vikingo.

LOS VIKINGOS NO LLEVABAN CASCOS CON CUERNOS

Efectivamente, no hay evidencia de que los vikingos llevaran cascos con cuernos, y nunca se ha descubierto en ninguna excavación arqueológica nada que lo haga suponer. Como buenos guerreros, naturalmente llevaban yelmos, pero llevar un par de cuernos en la cabeza durante la batalla la verdad es que no hubiera resultado demasiado útil.
En realidad, el mito de los cuernos y los cascos se originó en el siglo XIX, cuando el diseñador de vestuario Carl Emil Doepler (1824–1905) decidió poner las astas a los yelmos en las representaciones del Ciclo del Anillo de Richard Wagner, obras que estaban basadas en las sagas nórdicas. Numerosos dibujantes, cineastas y artistas han continuado esta imprecisión histórica hasta el día de hoy.

GENOCIDIO EN EL SIGLO OCTAVO

La Masacre de Verden fue una supuesta matanza de sajones ordenada por Carlomagno en 782 cerca de la actual población alemana de Verden en Baja Sajonia.

En el transcurso de las llamadas Guerras Sajonas (772-804) que concluyeron con la inclusión de los territorios sajones del actual noroeste alemán al Imperio Franco, el emperador Carlomagno ordenó la decapitación de 4500 líderes sajones bajo la acusación de practicar el paganismo tras haber aceptado, al menos oficialmente, su conversión al cristianismo y bautizarse. Con ello, el emperador demostró su poder y severidad, y sobre todo, descabezó completamente a los pueblos sajones, que al final de la guerra pasaron a ser gobernados por condes francos.

LOS PRIMEROS EUROPEOS EN AMÉRICA

Los vikingos se pasearon, sembrando el caos, por las islas británicas, París, Islandia, Italia, la península ibérica, Marruecos…, pero la arqueología ha demostrado que su audacia fue mucho mayor. Descubrimientos arqueológicos han revelado que los barcos vikingos recorrieron distancias aún mayores que les llevó hasta América del Norte alrededor del año 1000, lo que les convierte en los primeros europeos en pisar el continente.

En 1960 se descubrió la evidencia de un asentamiento nórdico en Terranova, frente a la costa este de Canadá. Los arqueólogos sugieren que llegó a haber colonos nórdicos en Terranova, pero que siempre estuvieron cerca de la costa y que abandonaron el lugar pocos años después de su fundación.

En 2015 se encontró un otro posible asentamiento vikingo en la costa suroeste de Terranova que aún se está investigando y que vendría a confirmar la presencia vikinga en América.

GRAN BRETAÑA VIKINGA

Todos tenemos en mente la idea de un puñado de aguerridos guerreros vikingos desembarcando de su drakar, sembrando el caos, y regresando a sus fríos hogares con el botín capturado. Pero esto no fue siempre así. En el año 865 un ejército vikingo conocido como el Gran Ejército Pagano o Danés invadieron literalmente Gran Bretaña.

El ejército era una coalición formada por soldados de Noruega y Dinamarca, y, posiblemente, también de Suecia. Según la leyenda, varias bandas de vikingos se unieron bajo el liderazgo de los tres hijos del legendario señor de la guerra vikingo Ragnar Lodbrok. El número de tropas en el ejército no está claro: las estimaciones varían de menos de 1.000 hombres a varios miles. El Gran Ejército Pagano desembarcó en la región de Anglia Oriental en el otoño de 865, recogiendo caballos antes de capturar Northumbria y York. Durante varios años, los gobernantes anglosajones se mostraron incapaces de dominar la expansión de los invasores vikingos, hasta el punto de que en 874, sólo nueve años después de la invasión normanda, Wessex era el único reino anglosajón que no estaba bajo el control vikingo efectivo.

Curiosidades de la Historia