CUEVAS O SALAMANCAS

En muchas zonas de Latinoamérica se da el nombre de “salamancas” a las cuevas naturales. Esta acepción de la palabra tiene un origen curioso, y, sí, éste se encuentra en la ciudad española de Salamanca.

Se levantó en el siglo XII en Salamanca, junto a la muralla medieval, una iglesia bajo la advocación de San Cebrián, y es en ese lugar donde comienza la leyenda. La iglesia tenía una cripta en la que, según la tradición, el propio Diablo impartía clases a nigromantes. Este mito fue recogido por diversos escritores, entre ellos el propio Miguel de Cervantes, quien escribió una obrita de teatro titulada La cueva de Salamanca. La cuestión es que esta leyenda se popularizó sobremanera hasta cruzar el Atlántico y extenderse por la entonces América colonial española. De ahí la asociación de las cuevas con la ciudad castellana.

Por Dios, que no han de salir de mi casa hasta que me dejen enseñado en la ciencia y ciencias que se enseñan en la Cueva de Salamanca.

REY DE ESPAÑA Y JERUSALÉN

En el año 1099, tras la conquista de Jerusalén por los cruzados europeos, Godofredo de Bouillón tomó el título de Protector del Santo Sepulcro; un año después, su hermano Balduino ya se hacía llamar rey y fue coronado oficialmente como Balduino I, Rey de Jerusalén, en la iglesia del Santo Sepulcro de la misma ciudad.

Era un mandato singular, pues combinaba una línea sucesoria con un componente electivo muy marcado, hasta el punto de que el rey era elegido, en rigor, por la Alta Corte de Jerusalén, una agrupación de señores feudales. En realidad, el rey de Jerusalén, nunca llegó a ser un rey al estilo europeo, quienes cada vez iban adquiriendo mayor poder, sino que los intereses en Tierra Santa eran tan variados que había señores, en esencia, más poderosos que el propio o la propia monarca.

Unos cien años después de la conquista cristiana de la ciudad, los musulmanes lograron recuperarla (1187), por lo que la capital del reino se trasladó a la ciudad de Acre (actual Israel). El título de rey de Jerusalén era eso, un mero título, y el gobernante solía vivir en sus estados europeos, a miles de kilómetros de la convulsa Tierra Santa.

El título fue pasando por diversas familias alemanas y francesas, hasta que fue adquirido por compra por la poderosa familia francesa de los Anjou. De hecho, Carlos Anjou (1226-1285) había fundado el reino de Nápoles, por lo que el título de rey de Jerusalén quedó asociado a esta monarquía. Y en este punto el título cambia de manos, cuando los aragoneses conquistan Nápoles. Desterrada cualquier expectativa de reconquistar Jerusalén y los demás lugares sagrados, el título se convirtió durante siglos en algo meramente simbólico, un adorno de prestigio a otros títulos con mayor importancia real.

Pero lo interesante es que siglos después, Carlos de Borbón fue coronado rey de Nápoles, y que cuando se convirtió en rey de España como Carlos III, se trajo también el título de rey de Jerusalén. Esa es la razón por la que Felipe VI de España tiene el título de rey de Jerusalén, aunque, evidentemente, es un título carente de contenido legal.

¿EXISTIÓ EL DERECHO DE PERNADA?

A pesar de que es un tema recurrente en películas y novelas, todo parece indicar que el derecho del señor feudal a yacer con una sierva que tomaba matrimonio no existió nunca como tal.

El derecho de pernada o derecho de primera noche se entiende común a la mayor parte de los reinos medievales, pero son muchos los historiadores que ponen en duda su mera existencia, de hecho no existe ni una sola ley escrita de origen medieval (y existe una gran riqueza documental para ese periodo) que concediese ese privilegio a los señores feudales. Sin embargo, hay unos pocos documentos que se refieren a dichas prácticas, lo que podría confirmar su existencia, no como derecho establecido, sino más bien como costumbre que se otorgaban algunos nobles para demostrar su dominación machista sobre las mujeres y social sobre todos sus siervos.

Con la consolidación del matrimonio canónico (el matrimonio tal y como lo conocemos), desde el siglo XII estas supuestas prácticas que algunos señores se reservaban fueron definitivamente condenadas desde el punto de vista social, legal, ético y religioso, y numerosas rebeliones de campesinos por toda Europa en los siglos siguientes alegarán, entre otras injusticias, las violaciones sexuales por algunos señores feudales, nunca un supuesto derecho de pernada como tal.

Por lo tanto, no existió el derecho de pernada como privilegio legalmente establecido, lo que hubo fue, en un contexto social feudal y altamente jerarquizado y desigual, abusos señoriales, entre ellos algunos de carácter sexual.

Finalmente, otra corriente de historiadores, ante la falta de una base documental definitiva, indican que el derecho de la primera noche se refería al permiso que el señor debía otorgar a sus siervos para que tomasen matrimonio y que se solía acompañar del pago de un tributo especial, como sucedía en España, Inglaterra o Francia.

Hay que reconocer que el propio concepto tiene un gran interés literario y cinematográfico, pero nunca existió el ius primae noctis en la Europa medieval.

EL SALUDO MILITAR

Durante la Edad Media, muchos soldados llevaban yelmos que en muchos casos estaban dotados de una protección móvil sobre la cara y que podía levantarse cuando no estaban combatiendo. Se dice que durante la revisión de las tropas, los capitanes ordenaban levantar esas viseras para poder identificar a sus hombres, y que, en todo caso, se mantenían subidas ante una personalidad importante, como muestra de respeto. Puede que el origen del saludo militar esté en esTas circunstancias, y que el gesto fuera evolucionando hasta tocarse con el filo de la mano la frente o la sien en señal de respeto a un oficial.

Sin embargo, el origen del saludo militar como lo conocemos parece tener su origen algo después en el tiempo, en la Inglaterra del siglo XVIII, cuando a los granaderos les cambiaron el tradicional sombrero plano por uno cónico bastante engorroso. Quitárselo y ponérselo no era sencillo por la cantidad de penachos que llevaba, por lo que se instauró la costumbre de que estos guardias simplemente se tocaban el dichoso sombrero con un movimiento corto sobre la frente, como si iniciaran el gesto de quitarselo, para luego volver a bajar marcialmente la mano.

SIGNOS CON LAS MANOS

Levantar el pulgar es un signo que realizamos con nuestras manos para mostrar que todo va bien, y su origen parece estar en los juegos de gladiadores de la antigua Roma, cuando la multitud decidía, la suerte del luchador vencido. Pero no, no levantaban el pulgar como nos han repetido las películas de romanos incansablemente, sino que solo lo extendían cuando deseaban la muerte del gladiador. Facilitaban así la decisión final del emperador, que no tenía que estar discerniendo cuántos pulgares apuntaban hacia arriba o hacia abajo. En caso de desear la clemencia para con el vencido, simplemente lo mantenían oculto y flexionado sobre el puño.

Igualmente, el levantar los dedos índice y corazón formando una V se asocia directamente a un gesto triunfal que realizamos cuando hemos logrado algo importante o hemos obtenido una victoria. La verdad es que se desconoce el origen el gesto, pero la tradición señala que tras la batalla de Agincourt (1415) entre ingleses y franceses, estos últimos cortaron los mencionados dedos a todos los arqueros ingleses que habían sido capturados. El objetivo: que no pudieran volver a disparar con esos largos y potentes arcos anglosajones. Se dice que, efectivamente, los arqueros que lograron escapar mostraban, arrogantes, los dos dedos al enemigo amenazándole con que aún podían disparar.

¿ESTÁ EL SANTO GRIAL EN LEÓN?

Se conserva en la colegiata de San Isidoro, en la ciudad española de León, una copa que algunos asumen como la misma que utilizó Jesucristo durante la Última Cena y que las leyendas medievales indican que contuvo su sangre, recogida por José de Arimatea al pie mismo de la cruz.

Se le llama el cáliz de doña Urraca (1033-1101), porque perteneció a la primogénita del rey leonés Fernando I, la que fuera señora de Zamora (de hecho, es la misma Urraca del episodio del sitio de la ciudad por las tropas castellanas entre las que se encuentra el Cid).

Se trata de una pieza de orfebrería románica de la segunda mitad del siglo XI con un sobresaliente valor histórico.

En realidad, la copa está formada por dos cuencos de modo que uno hace de peana y el otro de recipiente, realizados en una piedra semipreciosa llamada ónice y recubiertas parcialmente de oro, y que posiblemente tengan un origen romano. Doña Urraca ordenó componer, como así lo indica una inscripción en latín en la propia copa, a partir de estas dos piezas, el cáliz tal y como hoy se puede contemplar.
Pero, ¿tiene esta valiosa pieza algo que ver con el Santo Grial? Algunos opinan que sí. La hipótesis, basada en unos supuestos documentos egipcios, indica que el sultán de Denia (Alicante, España) ayudó en cierta ocasión  a un sultán egipcio con el envío de alimentos, habida cuenta de la hambruna por la que pasaba el país. Después, se agradeció el gesto con el regalo de varios tesoros, entre los que se encontraría la santa copa procedente de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, con la intención de ofrecérsela como prueba de amistad a Fernando I, rey de León. Durante la travesía, parece ser que extrajeron una esquirla de la copa para enviársela a Saladino, sultán de Egipto y Siria y uno de los grandes personajes del mundo islámico medieval, quien la utilizó para curar milagrosamente a su hija.

Sin embargo, son muchos los historiadores que que echan por tierra esta teoría y la consideran, no solo infundada, sino un simple un fraude. Sea o no la copa de la Última Cena, lo cierto es que se trata de una magnífica y maravillosa pieza de la orfebrería medieval.

Por cierto, desde que se lanzó en un libro publicado en 2014 la hipótesis que la relaciona con el Santo Grial, las visitas a la colegiata de San Isidoro se han disparado.

MEJOR NO SER EL HERMANO DEL REY

El imperio otomano llegó a ser una poderosa potencia que dominaba el Mediterráneo oriental y que extendía sus dominios por los Balcanes europeos, Grecia, la actual Turquía, Oriente Próximo y Egipto. Nacido en el siglo XIV, subsistió hasta después de la Primera Guerra Mundial, y durante siglos fue una amenaza para los reinos cristianos centroeuropeos (sitiaron Viena en dos ocasiones) y encarnizado enemigo de España (la famosa batalla de Lepanto fue contra ellos).

El imperio otomano siempre se caracterizó por la inestabilidad en el trono, siendo frecuentes los golpes de estado y asesinatos que hacían que el sultanato cambiase rápidamente de propietario. La razón estaba en que, al contrario que otras monarquías, la corona no era hereditaria, sino que se fundamentaba en alianzas, a veces demasiado frágiles, lo que originaba enfrentamientos incluso entre hermanos.

Mehmed el Consquistador quiso acabar con esta incertidumbre en 1451 e instauró una medida para acabar con tanta violencia: el fatricidio. El sultán, nada más subir al trono, ordenó ejecutar a todos sus hermanos y parientes cercanos, incluyendo a su hermano menor, de apenas unos meses a quien estranguló en su cunita. Además, Ahmed recomendó que el hijo que lo sucediese en el trono, hiciera exactamente lo mismo con el resto de sus vástagos.

Esta práctica abrió una época de continuos asesinatos, como los ejemplos de Mehmed III, quien ordenó asesinar a sus diecinueve hermanos y a sus sobrinos y familiares, estrangulados con una cinta de seda, y hasta a siete concubinas embarazadas, a las que arrojó al Bósforo; o de Solimán el Magnífico, que mató a su primogénito, porque caía bien a los soldados y aquello podía llegar a ser una amenaza.

En 1617, se dieron cuenta de que a lo mejor aquello de enviar al otro barrio a tanta gente no estaba bien, así que se abolió la norma y se sustituyó por algo menos sangriento pero igual de delirante: la jaula real.

Básicamente, se construyeron dentro del harén unos edificios llamados kafes en los que se recluía de por vida a cualquier potencial sucesor al trono. Se evitaba así que pudieran comunicarse con el exterior y plantear oposición al sultán. Cuando el sultán moría, el sucesor salía por vez primera de su kafe a través de la Puerta de la Felicidad. Eso sí, los reclusos vivían con todo el lujo que pudiéramos imaginar.

Aún así, ni siquiera se estaba seguro en la jaula, pues, por ejemplo, Osman II en 1621 hizo ejecutar a uno de sus hermanos y dejó al resto morir en sus jaulas. Lo habitual es que muchos de los cautivos sufrieran desórdenes psicológicos y alguno llegó a suicidarse.

El último fratricidio ocurrió en 1808, cuando Mahmud II mató a su único hermano, y el último sultán otomano, Mehmed VII, subió al trono a los 56 años, después de permanecer en la jaula de oro treinta y nueve años, desde los dieciséis.

EL REY LOCO

A los once años, el joven Carlos fue coronado como Carlos VI de Francia. Era el año 1380 y su reinado ha pasado a la Historia por ser uno de los más extraños.

A Carlos se le llamaba el Bien Amado o, con más razón, el Loco, y es que cuando tenía veinticinco años comenzó a sufrir episodios psicóticos que la ciencia moderna reconoce como esquizofrenia, porfiria o trastorno bipolar.

El primer signo de desequilibrio sucedió en 1392 en el bosque de Le Mans cuando se dirigía al frente de un ejército que se dirigía a una campaña en la Bretaña. Dicen los cronistas que el rey aquella mañana del 1 de julio estaba en un estado de ansiedad y hablaba de forma confusa. Parece ser que fue un paje adormecido por el calor quien soltó la lanza del rey con la mala fortuna de que ésta fue a chocar estrepitosamente contra el yelmo que llevaba otro paje. Carlos reaccionó con violencia, creyéndose traicionado por sus hombres, y arremetió contra ellos espada en mano. Al menos mató a un caballero, aunque algunos cronistas aseguran que asesinó a cuatro. Finalmente, consiguieron desmontarle e inmovilizarle. El rey se desmayó.

Los episodios psicóticos se sucedieron a lo largo de su vida: olvidaba su nombre, no recordaba que era el rey, huía de su esposa, aterrorizado, no reconocía a sus hijos, recorría el palacio por la noche aullando como un lobo, se negó a bañarse durante meses e incluso llegó a creer que estaba hecho de vidrio y que cualquier golpe le mataría.

Evidentemente, Carlos VI no estaba en condiciones de reinar, por lo que el gobierno durante todo su reinado fue soportado por familiares y consejeros.

Uno de los episodios más extraños fue el que se conoce como el Baile de los Ardientes, acontecido en 1393. La reina Isabel de Baviera había organizado una fiesta de máscaras, y Carlos y otros cinco caballeros se disfrazaron de salvajes con un vestido de lino embadurnado de cera resinosa sobre los que se adhirieron cabos de cáñamo, con el objeto de parecer “peludos y despeinados de la cabeza a los pies”. Se habían prohibido las antorchas en la sala por el peligro de incendio, pero el hermano del rey, el duque de Orleans, se acercó con una, no se sabe si por por encontrar a su hermano el rey en la oscuridad, o por molestar, entre bromas, a los danzantes, que por cierto bailoteaban encadenados. Fuera como fuere, uno de ellos comenzó a arder y entonces cundió el pánico. El rey salvó la vida, pero murieron cuatro de los caballeros.

EL PROBLEMA DE TENER UN CABALLO MUY RÁPIDO

El rey de León Bermudo III (1017-1037), llamado El Mozo por su corta edad cuando comenzó a reinar, murió a los 19 años, víctima, sin duda, del ímpetu de la juventud.

A comienzos del siglo XI, el reino de León andaba a la gresca con el todavía condado de Castilla, quizás porque los castellanos se negaban a reconocer al nuevo soberano o porque el rey quería recuperar una gran zona de un territorio llamado Tierra de Campos que consideraba propia. Fuera como fuere, el leonés inició una campaña contra el conde Fernando, quien, por cierto, era su cuñado.

El conde castellano evitó en enfrentamiento hasta que llegara la ayuda de su hermano, el rey de Pamplona, así que las tropas leonesas de Bermudo se adentraron sin oposición en los territorios del condado de Castilla. Finalmente, el conflicto fue inevitable en el burgalés pueblo de Tamarón.

El rey montaba un rápido corcel de nombre Pelayuelo, y viendo al enemigo enfrente, picó espuelas, enfervorecido, y se lanzó el primero contra los castellanos. Sin embargo, fue tanto el ímpetu, que pronto dejó atrás a sus huestes y llegó al enemigo completamente solo. Naturalmente fue derribado del caballo y muerto de cuarenta heridas provocadas por saetas, lanzas, espadas y puñales, según nos cuentan los cronistas de la época. La victoria castellana, sin el líder enemigo, estaba asegurada.

Estudios forenses de los posibles restos de Bermudo han demostrado que las heridas no fueron cuarenta, sino dieciséis, pero suficientes, en todo el caso, para que, muy probablemente, el rey muriera en el campo de batalla. Era, además de joven, ciertamente alto, de entre 170 y 174 cm de estatura, y las heridas por todo el cuerpo han quedado grabadas en su esqueleto: en la cadera, en el fémur, en la mejilla…, pero, de todas, una fue quizás mortal de necesidad, aquella lanzada que le entró por el ojo.

Curiosamente, después de la batalla, el trono leonés pasó a Sancha, la hermana de Bermudo, que a su vez lo cedió a su esposo, el conde Fernando, quien pasó así a convertirse en Fernando I de León.

Por cierto, en el pequeño pueblo de Tamarón (Burgos) se conserva un pago que por allí llaman todavía “La Carrera del Rey”.

UNA RELIQUIA QUE NO APARECE EN LA BIBLIA

El Santo Grial es, según la tradición cristiana, la copa que usó Jesucristo durante la Última Cena y en la que, después, José de Arimatea recogió su sangre durante la crucifixión.

Sin embargo, la Biblia no alude en ningún momento a esta reliquia que se encuentra entre las que más se han buscado desde la época de las Cruzadas. La historia del Cáliz por lo tanto no nace en la Biblia, que parece no prestar mucha atención a este supuesto objeto mágico que contuvo la sangre del Salvador, más allá de las conocidas palabras: “Del mismo modo, tomó el cáliz y se lo dio a sus discípulos diciendo: ‘Tomad y bebed todos de él…”.

Habrían de transcurrir más de mil cien años para que se empezara a hablar del Santo Grial.

La primera mención al Grial está en un poema épico de Chrétien de Troyes titulado Perceval o el cuento del Grial, en la que el aspirante a caballero del rey Arturo ve como de un recipiente extraen una especie de oblea que alimenta a los heridos, nada más.

Poco después, Robert de Boron retomó la figura del Grial y lo relacionó por primera vez con la figura de José de Arimatea, de modo que sus obras se pueden considerar como el nacimiento del mito. Según el relato de este poeta, Jesús se apareció a José y le entregó el cáliz para que lo llevara a Britania (actual Gran Bretaña), pero ni siquiera se cuenta que José de Arimatea recogiera la sangre de Cristo, sino que eso es invención posterior, cuando también se hace nacer una supuesta orden secreta de guardianes del Grial. Luego, este mágico objeto cobró especial relevancia en las sagas del rey Arturo, en una mezcla fantástica de la tradición cristiana y las leyendas celtas que relataban la existencia de un caldero divino.

Actualmente hay muchas copas que pugnan por ser reconocidas como el Santo Grial, pero, de todas, parece que la que mayor credibilidad despierta, con todas las reservas científicas, es el Santo Cáliz de la Catedral de Valencia.

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