AVES ENJAULADAS

A los romanos les gustaban las mascotas, sin duda, y una de las más apreciadas, sobre todo por las mujeres romanas, eran las aves. En la poesía conservada de esa época existen hasta 700 referencias a aves y, en ese contexto lírico, capturar un ave se usaba como metáfora de lograr el amor ansiado, o, si se mencionaba la muerte del pájaro, era una clara referencia al final de un romance.
Lo más curioso de todo es que encerrar a aves en jaulas es algo meramente romano, pues ni griegos ni egipcios lo tenían por costumbre tan extendida. Algunos historiadores lo explican al entender que la posesión de aves, sin ser una afición exclusivamente aristocrática, tiene mucho que ver con el coleccionismo, las modas y la ostentación.

De entre todos los pájaros domesticados, el más famoso era el gorrión de Lesbia que Cátulo inmortalizó en sus Poemas a Lesbia, en los que una matrona romana juega con su avecilla al pensar apasionadamente en su amante.

II

Pajarillo, cosita de mi amada,
con quien juega, al que resguarda en el seno,
al que suele dar la yema del dedo
y le incita agudos picotazos:
cuando a mi deseo resplandeciente
le place tornarse alegre y aliviarse
de sus cuitas, para aplacar su ardor,
¡cuánto me gustaría, como hace ella,
jugar contigo y desterrar las penas
lejos de mi triste ánimo!
Me es tan grato como a la niña el fruto
dorado que soltó el ceñidor
que tanto tiempo permaneció atado

III
Llorad, Venus y Cupidos,
y cuantos hombres sensibles hay:
ha muerto el pajarillo de mi amada,
el pajarillo, cosita de mi amada,
a quien ella quería más que a sus ojos;
era dulce como la miel y la conocía
tan bien como una niña a su propia madre.
No se movía de su regazo,
pero saltando a su alrededor, aquí y allá,
a su dueña continuamente piaba.
Este, ahora, va, por un camino tenebroso,
a ese lugar de donde dicen que nadie ha vuelto.
¡Mal rayo os parta, funestas
tinieblas del Orco, que devoráis todo lo bello!:
me habéis quitado tan bello pajarillo.
¡Oh mala ventura! Pues, ahora, por tu culpa,
desdichado pajarillo, hinchados por el llanto,
enrojecen los ojillos de mi amada.

EL VUDÚ DE LOS ROMANOS

Aunque estaban prohibidas por la ley, las maldiciones y la magia negra como venganza contra enemigos y adversarios estaban a la orden del día en todo el imperio romano.

Básicamente se trataba de pedir a los dioses infernales, como Hermes, Caronte, Hécate o Perséfone, que dañasen a alguien ya fuera por venganza, por envidia o vaya usted a saber porqué.

El proceso era el siguiente: se escribía un texto mágico, en el que constaba el objetivo de la maldición y los motivos de la misma, sobre finas tablillas de plomo que, después, se enrollaban o doblaban, y a veces se atravesaban con un clavo. Para que surtiera efecto la maldición, la tabla se debía enterrar o lanzar al agua, y muchas veces se escondían en santuarios subterráneos o en las propias paredes de los templos, pero lo más efectivo, a decir de los hechiceros, era introducirla en una tumba, y si era de un niño, mucho mejor, ya qye de esa forma se contaría con la ayuda de los muertos para que la víctima sufriera más certeramente. Las de plomo son las que mejor se han conservado, pero también se podían realizar sobre papiro, madera u otros materiales.

Además de las tablas, los romanos utilizaban lo que se podría asemejar a muñecos de vudú, pues eran figuras que se parecían al maldecido y que contenían algún elemento del mismo, como una uña, sangre, pelo o algún objeto de su pertenencia. Estos muñecos se convertían en la ira del vengador. Han aparecido en excavaciones arqueológicas algunos con los pies y manos atados, y, por supuesto, se les clavaban agujas de hierro y se les hacía a los pobres muñequitos todas las perrerías posibles con la esperanza de que se trasladasen literalmente al enemigo.

Las maldiciones ya se practicaban en la Grecia antigua, y en el imperio romano se hicieron muy habituales. Se podía pedir cualquier cosa, desde que a un magistrado se le trabase la lengua durante un juicio, hasta que alguien sufriese disfuncionalidades sexuales, desde una maldición a un ladrón hasta otra contra un rival deportivo. Por ejemplo, en la ciudad de Aquae Sulis (actual Bath, Reino Unido), famosa por sus aguas termales, han aparecido 150 tablas contra los ladrones de la ropa de los bañistas.

Pero no sólo tenía la magia intenciones retorcidas, pues era habitual realizar también conjuros de amor que se colocaban en la casa del ser amado, y, en ocasiones, se introducían las tablillas en las tumbas para ayudar al difunto a que descansara en paz, especialmente si este había muerto joven o por causas violentas.

LUCIFER NO ES SATANÁS

Lucifer, significa literalmente “el portador de la luz” y se trata en realidad de una divinidad que surgió en la antigua Grecia bajo el nombre de Fósforo, el lucero de amanecer, y que, por cierto, tenía un hermano llamado Héspero, lucero del atardecer. Al pasar a la mitología romana, recibió el nombre de Lucifer.

Por lo tanto, Lucifer no era más que la deificación del lucero del alba, es decir del planeta Venus, figura que ya era utilizada desde tiempos antiguos en toda la región de Mesopotamia. De hecho, en la Biblia ya existía Lucero, el hermoso y soberbio ángel rebelde que fue desterrado a los infiernos, pero no fue hasta una traducción del siglo V cuando se le cambió el nombre a Lucifer.

Existe una doctrina esotérica, filosófica e incluso religiosa, según quién la practique, que gira en torno a la figura de Lucifer, considerado como el portador de la Luz del intelecto Se llama luciferismo, y no, no tiene nada que ver con el satanismo.

LA CASA DE ORO DE NERÓN

Tras el famoso incendio de Roma del año 64, el emperador Nerón mandó construir un grandioso palacio al que dio el nombre de Domus Aurea, la Casa de Oro. Esta megaconstrucción tenía una extensión de 80 hectáreas y estaba levantada con el mayor de los lujos, hasta el punto de que contaba con incrustaciones de oro, piedras preciosas y marfil, mármol por todos los lados y exquisitas pinturas murales. Estaba rodeada de bosques, contaba con un lago artificial y hasta una estatua colosal del emperador. Para hacernos una idea del tamaño del palacio, baste decir que el famoso Coliseo se edificó después sólo sobre la parte que ocupaba el lago.

El palacio nunca llegó a acabarse completamente, pero dicen que cuando el emperador entró por primera vez dijo: Por fin puedo vivir como un hombre.

EL ¿GRAN? INCENDIO DE ROMA

La noche del 19 de julio del año 64 se inició un incendio en Roma que duró cinco días y destruyó completamente cuatro de los catorce barrios de la ciudad y dañó de forma importante otros sietes. Tradicionalmente se ha sostenido que fue el propio emperador Nerón quien ordenó provocar el fuego y que, mientras la ciudad ardía, él tocaba la lira, pero ambas afirmaciones son, casi con toda seguridad, falsas, ya que es muy probable que el emperador ni siquiera estuviera durante esos días en Roma.

El origen del fuego pudo estar en una zona comercial cercana al Circo Máximo donde se acumulaban mercancías inflamables, como aceite. La cuestión es que los incendios en Roma eran muy habituales, entonces ¿por qué éste ha trascendido históricamente? La primera razón puede ser la extensión que alcanzó (aunque algunos historiadores suponen que debió ser menor de lo que se suele pensar), y la segunda, su tratamiento en la literatura cristiana.

Lo cierto es que en los días siguientes al incendio, Nerón organizó un amplio plan de auxilio a los afectados, pero los ánimos entre los romanos estaban caldeados. Era imprescindible buscar culpables como fuera, y se pusieron los ojos sobre “un grupo odiado por sus abominaciones, que el populacho llama cristianos”. El historiador Tácito cuenta lo que ocurrió:

Se arrestaron primeramente a todos aquellos que se declararon culpables; entonces, con la información que dieron, una inmensa multitud fue presa, no tanto por el crimen de haber incendiado la ciudad como por su odio contra la humanidad. Todo tipo de mofas se unieron a sus ejecuciones. Cubiertos con pellejos de bestias, fueron despedazados por perros y perecieron, o fueron crucificados, o condenados a la hoguera y quemados para servir de iluminación nocturna, cuando el día hubiera acabado.

La historiografía cristiana posterior se fijó no tanto en el incendio, sino en lo que se consideró la primera persecución a los cristianos.

MALDITA FILOSOFÍA

Tenemos la idea generalizada de que el hecho de vestir una toga, fuera en Grecia o en Roma, implicaba pasarse el día elucubrando acerca de cuestiones trascendentales, y aunque es cierto que en el imperio romano menudearon los célebres filósofos, muchos ciudadanos eran hostiles a la Filosofía.

Los romanos despreciaban la Filosofía, en primer lugar, porque era invención griega, y los griegos no eran más que un pueblo conquistado (no todos en el imperio se sentían herederos de Grecia, frente a lo que solemos pensar), y, en segundo, porque estudiar Filosofía se consideraba que entretenía demasiado al ser humano y le incapacitaba para la una vida activa al servicio del estado.

El célebre médico griego Galeno (129-hacia 201/216) escribió que para los romanos la Filosofía no era más útil que perforar agujeros en las semillas de mijo. Y es que Roma siempre fue una civilización eminentemente práctica.

UNA HIJA PROBLEMÁTICA

El emperador Augusto siempre decía a sus amigos que tenía dos hijas caprichosas a las que adoraba: la República y Julia.

Julia, conocida como Julia la Mayor (39 antes de Cristo-14 después de Cristo), fue la única hija biológica de Augusto y la educó en una rígida moralidad con la ayuda de su segunda esposa Livia (de la madre de Julia se había divorciado el mismo día del nacimiento de la niña). Creció Julia y se convirtió en una mujer culta, hermosa y refinada que fue utilizada por su padre como recurso político para casarla con familias de las que pretendía lealtad. Su primer matrimonio, cuando tenía 14 años, duró apenas dos años, tras la muerte de su primo y esposo Marcelo. Ambos eran jóvenes, guapos, ricos y de buena familia.

Su siguiente esposo fue un general sin buen linaje y veinticuatro años mayor que ella, Marco Vipsanio Agripa, con el que tuvo cinco hijos. Pero, claro, su marido pasaba mucho tiempo de campaña en campaña, por lo que Julia empezó a frecuentar grupos de intelectuales que solían celebrar fiestas hasta bien avanzada la madrugada. En esa época, Julia comenzó a tener diferentes amantes y se convirtió en una mujer conocedora de su poder (sus hijos iban encaminados a heredar la corona), ingeniosa y apasionada del lujo. Alguien la preguntó alguna vez como lograba no quedarse embarazada de sus amantes, a lo que respondió que “solo aceptaba pasajeros cuando la nave estaba completa” (es decir, cuando estaba preñada). En cualquier caso, todo esto no impedía que Julia fuera una excelente madre.

A la muerte del militar en año 12 antes de Cristo, Julia casó con Tiberio, matrimonio que fue un auténtico fracaso y que acrecentó su vida disoluta. Pronto tomó como amante al único hombre al que había amado, un amigo de la infancia llamado Julo Antonio (hijo de Marco Antonio). Tiberio, humillado, decidió, a pesar de ser el hombre más poderoso de Roma después de Augusto, retirarse a la isla de Rodas (Grecia), mientras, el desenfreno de su esposa no dejaba de crecer.

Al descubrirse una conjura que pretendía acabar con la vida de Augusto (sobre la que existen serias dudas de la participación de Julia), fue acusada de traición y adulterio y desterrada a una pequeña isla del mar Tirreno. Julo Antonio fue obligado a suicidarse. En la isla, Julia carecía de lujos, no podía acercarse a los soldados que la custodiaban y las pocas visitas que recibía estaban vetadas a hombres que pudieran ser atractivos para la hija del césar.

Augusto sufrió indeciblemente el alejamiento de su hija, a la que amaba profundamente, igual que sucedía al pueblo de Roma, que no dejó de solicitar su perdón y regreso. Murió unos meses después que Augusto, cuando tenía 53 años, sumida en una fuerte depresión tras la muerte sus hijos varones y el destierro de su hija, Julia. Tiberio, convertido en el nuevo emperador, la dejó morir en el exilio y ordenó que todas sus esculturas fueran destruidas, por eso hoy es difícil hacernos una idea real de la gran belleza que tuvo la hija de Augusto.

UNA HORA DE 30 MINUTOS

Al igual que nosotros, los romanos dividían el día en 24 horas. Pero a diferencia de nosotros, sus horas variaban en duración. Para los romanos siempre hubo doce horas de luz natural y doce horas de oscuridad. Así, por ejemplo, como el imperio estaba en el hemisferio norte, una hora diurna en pleno verano era considerablemente más larga que una en pleno invierno: 75 minutos frente a 45 minutos. Durante los equinoccios de primavera y otoño las horas duraban más o menos 60 minutos.

No obstante, esta particularidad no ocasionaba ningún inconveniente a los habitantes del imperio, porque el ritmo de vida era diferente y los horarios no se medían casi nunca por tiempo de reloj: los combates de gladiadores dependían de la destreza de los contrincantes, no de un árbitro con cronómetro en mano, y eran pocos los que tenían un trabajo fijo sometido a horario.

MI GRAN BODA TRANS

El emperador Nerón (37-68) ha pasado a la Historia como gobernante extravagante y tirano, y en tal sentido habla su desordenada vida amorosa.

En cierta ocasión, en una fiesta, conoció a la joven Popea, mujer coqueta y de una belleza extraordinaria. Encaprichado, Nerón logró convertirla en su amante con el consentimiento de su segundo marido (el futuro y breve emperador Otón). Pero el emperador era hombre casado y Popea tenía de ambiciosa lo mismo que de hermosa, así que confabuló para quitarse del medio a la influyente madre de Nerón, Agripina, y, después, a su esposa Claudia Octavia. Muertas sus rivales, finalmente contrajo matrimonio con el emperador.

Cuentan algunos cronistas romanos que en el año 65, Nerón, completamente borracho, le dió una patada en el vientre a Popea, que se encontraba embarazada. El golpe le provocó un aborto y finalmente la muerte (algunos historiadores apuntan que en realidad Popea simplemente murió por complicaciones en el parto).

Y aquí viene la parte más extravangante de la historia. Nerón entró entonces en un doloroso desconsuelo por la muerte de Popea y, obsesionado con su difunta esposa, comenzó a sentirse atraído por Esporo, un joven esclavo que tenía un físico muy parecido al de Popea. Nerón le llamaba “mi Popeíta”, ordenó su castración y le obligó a vestirse de mujer. Hasta tal punto llegó su obsesión que acabó casándose con el joven.

Así lo veía el escritor Suetonio:

Castró al joven Esporo y trató de hacer de él una mujer, de hecho se casó con él con todas las ceremonias habituales, incluyendo una dote y un velo nupcial, lo llevó a su casa y lo trató como su esposa. Esporo se arreglaba como las mejores emperatrices, paseaba por la ciudad en litera y besaba en público a Nerón

A la muerte de Nerón, Esporo contrajo matrimonio con Otón, que, curiosamente, también había estado casado con Popea.

UN ROMANO QUE NO HABLABA LATÍN

El Imperio Romano alcanzó una gran extensión que abarcaba desde el Atlántico hasta el río Tigris y pudo tener una población de 65 millones de habitantes. Evidentemente, el latín era el idioma del Estado, del ejército, de la literatura, de la administración, de la justicia…pero muchos pueblos conquistados siguieron hablando únicamente su lengua materna durante siglos, de hecho, unas pocas lograron pervivir, como es el caso del euskera. Es decir, la unidad lingüística del Imperio no existía de forma absoluta.

 

Además, la élite romana era bilingüe, para ellos conocer y hablar en griego era señal de alta posición, como siglos después lo fuera el francés en toda Europa. Tan extendido estaba el uso del griego en la Antigua Roma que algunos de los asesinos de Julio César gritaban en ese idioma mientras le mandaban al otro barrio.

Curiosidades de la Historia