CUEVAS O SALAMANCAS

En muchas zonas de Latinoamérica se da el nombre de “salamancas” a las cuevas naturales. Esta acepción de la palabra tiene un origen curioso, y, sí, éste se encuentra en la ciudad española de Salamanca.

Se levantó en el siglo XII en Salamanca, junto a la muralla medieval, una iglesia bajo la advocación de San Cebrián, y es en ese lugar donde comienza la leyenda. La iglesia tenía una cripta en la que, según la tradición, el propio Diablo impartía clases a nigromantes. Este mito fue recogido por diversos escritores, entre ellos el propio Miguel de Cervantes, quien escribió una obrita de teatro titulada La cueva de Salamanca. La cuestión es que esta leyenda se popularizó sobremanera hasta cruzar el Atlántico y extenderse por la entonces América colonial española. De ahí la asociación de las cuevas con la ciudad castellana.

Por Dios, que no han de salir de mi casa hasta que me dejen enseñado en la ciencia y ciencias que se enseñan en la Cueva de Salamanca.

EL MITO DE EL DORADO

El Dorado es una ciudad legendaria que se creía ubicada en algún lugar del virreinato de Nueva Granada, en los actuales estados de Panamá, Colombia, Venezuela y Ecuador, y en la que se sospechaba que existían fabulosas minas de oro.

El origen del mito se fecha en el siglo XVI cuando los conquistadores españoles tuvieron conocimiento de un rito del pueblo muisca, natural del altiplano colombiano, que consistía en cubrir a su rey con polvo de oro y realizar ofrendas del mismo metal y esmeraldas en la laguna Guatavita. Durante la ceremonia, que parece ser que ya no se hacía desde antes de la llegada de los españoles, el nuevo cacique, completamente cubierto de oro, viajaba en una balsa de juntos ricamente adornada hasta el centro de la laguna y desde allí realizaba las fastuosas ofrendas, mientras el resto de su pueblo desde las orillas hacía lo mismo. En el Museo del Oro de Bogotá (Colombia) se exhibe la Balsa muisca, una espectacular pieza de orfebrería en oro que representa precisamente la ceremonia que se ha descrito.

Fue el español Sebastián de Belalcázar, en 1540, el primero en obsesionarse con El Dorado, persiguiendo una quimera que con el correr de los años se fue engrandeciendo en el imaginario colectivo, hasta el punto de que se llegó a creer que existía una ciudad construida enteramente de oro. Durante siglos, diversos exploradores han intentado encontrar la mítica ciudad. Todos fracasaron y muchos perdieron la vida en el intento.

LA CONQUISTA DE NUEVA ESPAÑA

Bernal Díaz del Castillo (1495/96-1584) fue un conquistador español nacido en Medina del Campo que llegó a ser regidor de Santiago de Guatemala. Arribó a América unos veintidós años después de la llegada de Cristóbal Colón y tras sus aventuras, especialmente en la conquista de México, acabó escribiendo una obra titulada Historia verdadera de la conquista de Nueva España, una de las grandes obras sobre la conquista de América.

En este episodio, acontecido en las costas de Yucatán (sudeste de México, Belice y norte de Guatemala), cuenta cómo se las vieron con algunos nativos:

Otro  día por la mañana volvió el mismo cacique a nuestros navíos y trajo doce canoas grandes, ya he dicho que se dicen piraguas, con indios remeros; y dijo por señas, con muy alegre cara y muestras de paz, que fuésemos a su pueblo y que nos darían comida y lo que hubiésemos menester, y que en aquellas sus canoas podíamos saltar en tierra. Entonces estaba diciendo en su lengua: «Cones cotoche, cones cotoche», que quiere decir: «Andad acá, a mis casas». Y por esta causa pusimos por nombre aquella tierra Punta de Cotoche, y así está en las cartas de marear […]. Y cuando el cacique nos vio en tierra y que no íbamos a su pueblo, dijo otra vez por señas al capitán que fuésemos con él a sus casas; y tantas muestras de paz hacía, que, tomando el capitán consejo para ello, se acordó por todos los soldados que con el mejor recaudo de armas que pudiésemos llevar, fuésemos. Y llevamos quince ballestas y diez escopetas, y comenzamos a caminar por donde el cacique iba con otros muchos indios que le acompañaban. Y yendo de esta manera, cerca de unos montes breñosos comenzó a dar voces el cacique para que saliesen a nosotros unos escuadrones de indios de guerra que tenía en celada para matarnos; y a las voces que dio, los escuadrones vinieron con gran furia y presteza, y nos comenzaron a flechar, de arte que de la primera rociada de flechas nos hirieron quince soldados. Y traían armas de algodón que les daba a las rodillas y lanzas y rodelas y arcos y flechas y hondas y mucha piedra, y con sus penachos; y luego, tras las flechas, se vinieron a juntar con nosotros pie con pie, y con las lanzas a manteniente nos hacían mucho mal. Mas quiso Dios que luego les hicimos huir, como conocieron el buen cortar de nuestras espadas y de las ballestas y escopetas; por manera que quedaron muertos quince de ellos.

ALVARADO Y EL SALTO CON PÉRTIGA

Pedro Alvarado (1485-1541) es uno de los más conocidos conquistadores españoles. Nacido en Badajoz (España) era de gran estatura y rubio, lo cual impresionaba a los indígenas que lo veían. Pedro y sus hermanos participaron junto con Hernán Cortés en la conquista de México, y en ese escenario Alvarado pasa por ser el responsable de la matanza del patio del Templo Mayor.

Los españoles se encontraban en la capital de los aztecas, Tenochtitlan (actual Ciudad de México), con los que se había llegado a una suerte de tregua, y en ausencia de Hernán Cortés, Alvarado quedó al mando. No se sabe qué sucedió realmente, pero la cuestión es que dio la orden de cargar contra los participantes de una fiesta religiosa y aquello acabó con la muerte de entre trescientas y seiscientas personas completamente desarmadas. Fue una sangrienta carnicería, y Alvarado nunca pudo justificar su acción coherentemente. Alegó que en la fiesta los aztecas tenían previsto realizar sacrificios humanos, por más que hubieran prometido a los castellanos no hacerlo, y que en realidad aquella festividad era una encerrona para atacar a los europeos.

Hernán Cortés tuvo que regresar rápidamente para socorrerle, porque aquello había desencadenado duros enfrentamientos. Finalmente, los españoles hubieron de abandonar atropelladamente la ciudad.

En esa huída, cuentan que Alvarado, rodeado de enemigos, salvó la vida al saltar un canal haciendo uso de su lanza como si de una pértiga se tratara, lo que se tiene como origen de esa disciplina atlética llamada salto con pértiga.

Analizada fríamente, es muy probable que tal hazaña no ocurriese nunca, ya que Bernal Díaz del Castillo, que estuvo en aquello, dice que ningún testigo se hubiera fijado en tal destreza, porque todos andaban en intentar salvar su propia vida como fuera. Indica, además, que la anchura y profundidad del canal hubieran impedido el salto, y, finalmente, precisa que él jamás oyó hablar del famoso salta de Alvarado hasta muchos años después de que sucediera lo de Tenochtitlan, cuando alguien publicó unas laudas dedicadas a Alvarado.

En Ciudad de México hay una calle llamada Salto de Alvarado, situada en el lugar donde pudo haber ocurrido el famoso salto.

LA CURIOSA VIDA DE UN REVOLUCIONARIO

Si le hablamos de José Doroteo Arango Arámbula, seguramente no le diga nada, pero si nos referimos a él con el nombre con el que ha pasado a la Historia, las cosas cambian: Pancho Villa (1878-1923), el más famoso revolucionario mexicano.

La vida del “Centauro del Desierto” está llena de curiosidades, como el hecho de que llegara a engendrar a veintiséis hijos o que se llegase a casar con dieciocho mujeres, según su nieta Rosa Helia Villa, aunque algunos historiadores opinan que pudo llegar a contraer matrimonio entre 29 y 75 veces.

Pancho Villa era además analfabeto. Nunca fue a la escuela y parece que sólo llegó a aprender a leer cuando era adulto, durante su encarcelamiento. Además, consideraba que el alcohol era el principal causante de todas las desgracias, hasta tal punto que, durante su mandato como gobernador de Chihuahua, dictó la prohibición de beber alcohol a sus tropas bajo la pena de fusilamiento. Su rechazo al alcohol, que arruinaba las vidas de sus conciudadanos, era tan radical que llegó a quemar cantinas y a ajusticiar a fabricantes de bebidas espirituosas. Por eso, su bebida favorita era la inocente mateada de fresa, una infusión libre de alcoholes.

Cometió dos delitos antes de convertirse en bandolero, primero, y líder revolucionario, después, el primero cuando sólo tenía catorce años. Tras perder a las cartas, decidió robar las mulas a sus contrincantes para, después, venderlas. Sin embargo, se arrepintió y acabó recomprándolas y devolviéndolas a sus dueños. El segundo, tuvo mayor alcance, pues mató al hombre que había violado a su hermana. Evidentemente le acarreó problemas con la justicia, pero él nunca se arrepintió de haberlo hecho.

Quizás una de las anécdotas más grandiosas sobre su existencia, es aquella que le llevó a atacar el pueblo norteamericano de Columbus en busca de quien le había estafado en un intercambio. Esa es la primera y única vez que los Estados Unidos han sufrido una invasión militar de su territorio.

UN LUGAR IMPRESIONANTE

La “fortaleza” inca de Sacsayhuamán, levantada a dos kilómetros de Cuzco (Perú), es una espectacular obra que se remonta al reinado del gran rey Pachacútec, en el siglo XV, y tal vez una de las obras arquitectónicas más monumentales del apogeo del Imperio inca.

Cuando el español Francisco Pizarro y sus hombres contemplaron este centro situado a 3700 metros de altitud lo identificaron como una fortificación (aunque posiblemente no lo fuera) y simplemente se quedaron maravillados por las enormes piedras que se usaron en su construcción:

No existe nada similar, ni el acueducto de Segovia ni ninguna construcción de Hércules ni de tiempos de los romanos […] debe incluirse entre los monumentos conocidos como las siete maravillas del mundo.

Nadie que los contemple osaría afirmar que fueron colocados por manos humanas. Son como trozos de montañas o riscos.

Y efectivamente casi lo eran: algunos de los bloques utilizado pesan 128 toneladas y otros tienen unas dimensiones de 5×5 metros. Los conquistadores se preguntaban:

Cómo transportaron las piedras al lugar, pues carecían de bueyes y de carros, además tampoco habrían tenido suficientes bueyes para transportarlas […] debe ser obra del mismísimo Demonio o de algún encantamiento.

La funcionalidad del magno edificio probablemente tuviera una vertiente religiosa, sin embargo, durante la guerra entre españoles e incas, este recinto tuvo, efectivamente, un uso militar, pues allí se desarrolló la batalla de Sacsayhuamán en el marco del proceso de reconquista por el Imperio inca entre éstos y los españoles de Pizarro y sus tropas auxiliares.

Curiosidades de la Historia